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El extraño caso del jubilado

- 01:24 Opinión

Por Antonio De Matos

Politólogo

 

Otro jubilado mató un delincuente en Mar del Plata. El informe escueto habla de legítima defensa: tres asaltantes en la puerta de la casa y un solo abatido que murió en el acto tras recibir el disparo de una escopeta. Imágenes detenidas del frente de la casa y de un cartucho sobre una mesita de madera, que uno duda si es producto de la pesquisa del caso o de una instalación periodística para hacer más vívida la noticia.

Si hay una variable que refuerce el imaginario de que la mayoría de los argentinos “pertenecen” a la clase media es sin duda la identificación con las víctimas de delitos contra la propiedad, en un sentido amplio, y anexo a ello, los sentimientos de repulsa contra los que violentan este orden claro de poseedores y desposeídos.

Hay, como no decirlo, una proyección halagüeña de posesiones (y posiciones sociales) futuras, que hace suyas y justifica las reacciones justicieras de las víctimas. No solo posesiones materiales que provocan el deseo del reo, sino un campo de experiencias morales que componen la figura de la víctima: el ciudadano harto y desamparado por la ley que decide, es empujado por sus emociones, a convertirse en victimario. Es una composición dolorosa de personificar, pero más gratificante moralmente que ponerse en los zapatos del bandido, del desposeído.

Las adhesiones del público al jubilado de Quilmes, acaso el fundador de un linaje en plena propagación, acaso el fundador de un linaje en plena propagación, encuentran en sus declaraciones: “No nací para matar a nadie”, la clave de una diferenciación ontológica, de naturaleza y destino, y por default la invocación de sus legítimos hacedores, que hoy revierten en el lugar de víctimas réprobas.

Pensar el orden social en términos maniqueos –rasgo que la televisión y las redes sociales exacerban con gusto- sirve hace un tiempo también para acuñar apotegmas que recrudecen la grieta: “Ellos o nosotros”, “Matar o morir”, “Armarnos para defendernos”.

Actúan como aforismos de un saber fanático capaz de identificar las amenazas y sus perpetradores, y más, ante la ausencia o parsimonia del Estado de Seguridad, asumir en las ciudades lógicas de guerra.

Para los tribunales virtuales el carácter de jubilado del victimario lo hace doblemente víctima. Víctima del régimen previsional que le devuelve migajas de aportes y por lo cual lleva una vida apretada, y víctima del reproche penal por defenderse -matar en realidad en circunstancias de robo. La indefensión, y si esta ocurre en la tercera edad más aún, es la pócima que nos transmuta en héroes sociales, arrepentidos por actos que arrebatan otras vidas, convertidos en el señor Hyde, en aquello que no éramos y lo creíamos afuera, en los otros. l


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