Por Alberto Tasso.
El delirio del poder El delirio del poder
Acabo de escuchar el discurso del presidente Javier Milei ante la Asamblea Legislativa. Duró casi dos horas y la mejor forma de describirlo es que no tuvo desperdicio.
Fue un show espectacular, como el de Bad Bunny en el Super Bowl LX, aunque en este caso duró ocho veces más y fue menos preparado, pero sin duda calculando el impacto que podría tener sobre aquellos/as que lo vieran por la pantalla oficial.
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Dejo de lado los artificios del ceremonial que supuso el traslado del presidente desde Olivos al Congreso: una caravana de no menos de diez automóviles, cincuenta motociclistas y el escuadrón de Granaderos a caballo con fanfarria incluida.
El acto transcurrió en la sala oval que conocemos ante la sonrisa imperturbable de la vicepresidenta Villarruel. La conducta del actor podría ser analizada por el Dr. López Rosetti, así como lo hizo el año pasado el periodista Nelson Castro en una entrevista face to face, aludiendo a su dificultad para hablar con quienes piensan diferente. Eso fue visible ayer.
La lectura de las 22 páginas del discurso hubiera insumido una hora, y 45' si lo dijera con su propia palabra, como es normal en las cámaras, donde diputados y senadores piden permiso para leer un párrafo (ej. citas o el artículo de un proyecto de ley) cuando es necesario.
En este caso el texto preparado por el escriba fue pródigo en el autoelogio, numeroso en números que muestran gran capacidad para dibujar, promisorio en escenarios de futuro hasta los próximos 50 años, o sea 2075- donde Argentina volverá a ser potencia, como en las últimas décadas del siglo XIX. Ya sabemos la admiración de Milei por el gobierno de Julio A. Roca, a quien imita en su política neocolonial, clasista y de exterminio.
Fue un discurso de campaña dirigido a su claque antes que a los congresales, entre los cuales está el sector de la oposición, cuatro bloques de distintos partidos. Pero en varios momentos sus representantes alzaron la voz para objetar su palabra. Los micrófonos de la sala no permitían escucharlas.
Esto sacó de quicio al actor, y dislocó su lectura, ya que después de cada párrafo se dirigía a los sentados a la izquierda, dando rienda a una catarata de vituperios, burlas, agresiones y chascarrillos que por discreción no cito, a menudo exaltado o desencajado. Esta fue la parte más auténtica, en que el actor mostró su propio rostro.
No menor atención merecen los temas que trató en la última parte. En uno remarcó la adhesión a Estados Unidos, y hasta repitió en inglés el eslógan trumpista "hagamos grande América", a lo que agregó "desde Alaska a Tierra del Fuego".
Por último la lección de moral como guía de su gobierno, digna de figurar en el manual de tercer grado. Es una suerte de "Haz lo que yo digo, no lo que yo hago" pues la política real practica los defectos que critica.
En cuanto a la economía y la sociedad reales (las que existen) se encuentran algo distantes del paraíso imaginario del libreto que recita el actor, que a esta altura resulta un disfrazado sin carnaval.
Según el Diccionario de la lengua española (DRAE) de la Real Academia Española, "delirio" es la acción y efecto de delirar, definido principalmente como desvarío, alucinación o enajenación.









