En la Misa Crismal, el cardenal Bokalic pidió por las comunidades golpeadas por el sufrimiento, por la pobreza y por situaciones difíciles En la Misa Crismal, el cardenal Bokalic pidió por las comunidades golpeadas por el sufrimiento, por la pobreza y por situaciones difíciles
Queridos hermanos sacerdotes, queridos consagrados y consagradas, querido pueblo fiel de Dios que peregrina en Santiago del Estero:
En primer lugar, quiero expresar un sincero y profundo agradecimiento a cada uno de nuestros sacerdotes. Gracias por la entrega cotidiana, muchas veces silenciosa, cargada de esfuerzos, límites y cansancios, de permanentes desafíos nuevos y demandantes, y pueden responder siempre sostenidos por el amor del Señor y el afecto sincero de sus comunidades.
También te puede interesar:
Gracias por su servicio fiel en medio de tantas realidades, por estar cerca de la gente, por no dejar de anunciar el Evangelio aun en medio de las dificultades. El Señor ve, conoce y bendice esa entrega generosa. En este día que celebración la institución del sacerdocio ministerial inicio esta breve reflexión con este reconocimiento y acción de gracias.
Hoy, reunidos en nuestra Iglesia Catedral Basílica, madre de todas las iglesias de nuestra arquidiócesis, nos congregamos como pueblo de Dios sacerdotes, consagrados y laicos en torno al altar, para celebrar el amor de Dios y disponernos a vivir intensamente los misterios centrales de nuestra fe: la pasión, la muerte y la resurrección del Señor.
El Evangelio que hemos escuchado nos presenta a Jesús en la sinagoga, como uno más del pueblo. Él participa de la vida de su gente, reza con los suyos, escucha la Palabra. Y en ese contexto sencillo y profundamente comunitario, proclama el texto del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción ".Lc. 4,18 Jesús no se presenta con un discurso o reflexión personal, no busca protagonismos. Asume humildemente la Palabra del profeta y la hace vida. Y en esa Palabra revela su identidad y su misión: ha sido ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, para sanar, para liberar, para llevar esperanza.
También nosotros, hermanos, hemos sido ungidos. En el bautismo, todos hemos sido consagrados como pueblo sacerdotal, profético y real. Y de un modo particular, nosotros los sacerdotes, hemos recibido una unción que nos configura con Cristo, sacerdote y siervo.
Pero esta unción no es un privilegio para encerrarnos en nosotros mismos. No es un don para la comodidad ni para la búsqueda de seguridades personales. Toda unción, en la Sagrada Escritura, es para una misión. La fuente permanente del envió son las palabas de Jesús "como el Padre me envió a mi yo también los envío a ustedes soplo sobre ellos y añadió "reciban el Espíritu Santo." Jn 20,21-22.. E s un envío que nace de la comunión de vida y amor que nos proyecta hacia afuera. No permite aislamientos y auto referencialidades. En este camino sinodal nos encontramos en una misma fe y misión para descubrir "lo que el Espíritu dice hoy a su Iglesia. A nuestra Iglesia de Santiago" Podremos acercarnos en la oración, en el servicio a la palabra y poniendo un odio en el pueblo. "Con un oído en la Palabra y otro en el pueblo- como le gustaba decir al Beato mártir Mons. Angelelli.
Hemos sido ungidos para servir.
Hemos sido ungidos para salir.
Hemos sido ungidos para llevar la Buena Noticia a los pobres.
Por eso, en esta Misa Crismal, al renovar nuestras promesas sacerdotales, queremos también renovar el espíritu con el que fuimos llamados. No por nuestros méritos, no por nuestras capacidades, sino por pura gracia del Señor, que nos eligió para ser servidores de su pueblo, especialmente de los más pequeños, de los débiles, de los que sufren.
El Espíritu Santo que hemos recibido es un Espíritu que nos impulsa, nos abre a horizontes siempre nuevos, sacándonos de acostumbramientos y fijaciones, nos hace preguntar como ser reflejos del amor de Dios en circunstancias muy complejas y difíciles. Nos mueve a dejar los lugares donde todo está asegurado, para ir al encuentro de tantos hermanos y hermanas que buscan sentido, consuelo, esperanza.
Nuestro pueblo sigue necesitando la cercanía del Señor. Sigue necesitando experimentar su misericordia, su paz, su amor. Y nosotros estamos llamados a ser signos vivos de esa presencia.
Hoy, más que nunca, este llamado se concreta en la construcción de una Iglesia en estado permanente de misión. Una Iglesia que no se encierra, que no se queda tranquila en sus espacios, sino que sale al encuentro de las periferias, tanto geográficas como existenciales.
Y este camino es también un camino sinodal. Estamos viviendo un tiempo de gracia en la Iglesia, un tiempo en el que somos convocados a caminar juntos. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha, que discierne, que reconoce que el Espíritu Santo actúa en todo el pueblo de Dios.
"Todo ello requiere un compromiso formativo a todos los niveles, en particular en el ámbito de la formación inicial y permanente de los sacerdotes. En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. El desafío de la sinodalidad que no elimina las diferencias, sino que las valoriza sigue siendo una de las principales oportunidades para los sacerdotes del futuro. Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal»
(n. 72). Para implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión, es necesario que el ministerio del presbítero supere el modelo de un liderazgo exclusivo, que determina la centralización de la vida pastoral y la carga de todas las responsabilidades confiadas sólo a él, tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo. Como nos recuerda Evangelii gaudium, el sacerdocio ministerial y la configuración con Cristo Esposo no deben llevarnos a identificar la potestad sacramental con el poder, ya que «la configuración del sacerdote con Cristo Cabeza es decir, como fuente capital de la gracia no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto." Papa XIV carta apostólica del 22/12/25.
Esto nos pide una profunda conversión.
Conversión de nuestros estilos pastorales.
Conversión de nuestras actitudes.
Conversión de nuestras formas de ejercer el ministerio.
Estamos llamados a dejar toda forma de soberbia, todo clericalismo, toda actitud autorreferencial. No somos dueños del Espíritu. El Espíritu habla en todos, habita en todos, actúa en todos.
Necesitamos aprender a escucharnos.
Escuchar al pueblo fiel.
Escuchar a nuestros hermanos.
Escuchar al Espíritu que nos habla en la vida concreta de nuestras comunidades.
Solo así podremos edificar una Iglesia que sea verdaderamente familia, comunidad que acoge, comunidad donde los pobres ocupen un lugar central, no solo en nuestras palabras, sino en nuestras decisiones, en nuestras prioridades, en nuestro corazón.
Queridos hermanos, renovemos hoy con alegría nuestra vocación. Agradezcamos al Señor que nos ha seducido y llamado. Pidámosle que renueve en nosotros el don de su Espíritu:
Espíritu de amor, de paz, de alegría, de misericordia.
Que nos haga pastores según su corazón.
Que nos impulse a seguir caminando juntos.
Que nos dé la gracia de servir con humildad.
Que nos sostenga en la misión.
En este Martes de Semana Santa, deseo de corazón que todas nuestras comunidades puedan vivir estos días santos con profundidad, con fe y con esperanza, especialmente aquellas más golpeadas por el sufrimiento, por la pobreza, por situaciones difíciles, como tantas familias afectadas por las inundaciones.
Y no podemos dejar de elevar nuestra oración por la paz en el mundo, particularmente en aquellos lugares donde la violencia y la guerra siguen causando tanto dolor, como en Oriente Medio. Que el Señor toque los corazones y conceda el don de la paz.
Que esta Pascua que nos disponemos a celebrar nos encuentre como una Iglesia más unida, más fraterna y verdaderamente misionera, capaz de caminar juntos, de escucharnos y de servir con amor, especialmente a los más pobres y necesitados.
Que el Señor nos regale una Pascua vivida en profundidad, en nuestras comunidades y en nuestras familias, y conceda al mundo entero el don tan anhelado de la paz. Así sea.
Vicente Cardenal BOKALIC CM. Arzobispo de Santiago del Estero.








