Por Eduardo Lazzari, historiador
A 50 años del Golpe de Estado de 1976: el pomposo nombre de un tiempo oscuro (segunda parte) A 50 años del Golpe de Estado de 1976: el pomposo nombre de un tiempo oscuro (segunda parte)
La conmemoración del 24 de marzo como feriado merece varias consideraciones. Sin duda, la fecha ha quedado en la memoria nacional para siempre. Pero insistir en el inicio de un período trágico y dramático de la historia no ayuda a la sanación de las almas, la concordia de los ciudadanos y sobre todo mantiene anclado al cuerpo social en el pasado que no debe repetirse sin dejar la proyección hacia el futuro como meta. Una propuesta que resulta amable es pensar es celebrar el 10 de diciembre como el fin de la dictadura y el inicio de la restauración de la República.
La memoria de los pueblos a lo largo de la historia universal ha sido conmemorada en los finales de los tiempos duros: en Europa se celebra el 11 de noviembre como recordación del Armisticio de la I Guerra Mundial, y también el fin de la II Guerra Mundial, que se celebra el 8 de abril en los países occidentales, el 9 de abril en Rusia y el 2 de septiembre en el Japón. En la vida personal, siempre es sanador recordar el fin del dolor y no regodearse en el peor momento.
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En la continuación del relato histórico del último gobierno militar, que se llamó a sí mismo y con demasiada pompa "Proceso de Reorganización Nacional" en una satírica evocación del gran tiempo de la Organización Nacional que llevó a la Constitución de 1853, abordaremos hoy las dos guerras y las tres sucesiones presidenciales traumáticas que mostraron al mundo el desorden en el plano de las ideas y el caos en el proceso de toma de decisiones que provocó los mayores descalabros de la historia moderna argentina.
La guerra que no fue
Uno de los reveses más importantes de la diplomacia argentina fue el laudo arbitral que la reina Isabel II de Gran Bretaña dictaminó el 2 de mayo de 1977, en cumplimiento del acuerdo de límites de 1881 que ponía a la monarca en el carácter obligatorio de mediadora en caso de desacuerdos, que estableció la soberanía chilena sobre las islas al sur del canal de Beagle:Lennox, Picton y Nueva. Para el gobierno del general Videla fue una muy mala noticia y pasados seis meses se tomo la decisión de declarar nulo el laudo arbitral, lo que se hizo público el 25 de enero de 1978.
Chile, por entonces gobernada por el general Augusto Pinochet, de muy mala relación con Videla, rechazó la nulidad del fallo arbitral y se intentaron negociaciones directas entre los dos países para intentar encontrar algún punto de acuerdo, firmando un acta en Puerto Montt el 20 de febrero. Las duras posiciones de ambos gobiernos fueron llevando a una situación discursiva prebélica que parecía hacer imposible detener la guerra en ciernes. De hecho, de ambos lados de los Andes, comenzaron los aprestos militares para enfrentar un conflicto armado.
La Argentina debe al cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba y presidente de la Conferencia Episcopal, la gestión que realizara en primer lugar con el arzobispo de Santiago de Chile, cardenal Raúl Silva Enriquez y luego con el papa Pablo VI para interesarlos en una gestión pacificadora. Cuando el 16 de octubre asume el papa Juan Pablo II, antiguo amigo de Primatesta, éste le impuso inmediatamente del riesgo de una guerra entre dos naciones católicas de América del Sur, y lo convenció al Santo Padre de tomar cartas en el asunto.
En diciembre de 1978 la guerra era inminente: las fuerzas armadas argentinas ya movilizaban sus recursos materiales y humanos para iniciar las operaciones entre la Navidad y el Año Nuevo, e incluso se produjeron enfrentamientos armados aislados. Es memorable, por lo disparatada, la arenga procaz del comandante del III Cuerpo de Ejército, general Luciano Benjamín Menéndez anunciando el tiempo en que se iba a llegar al océano Pacífico luego de cruzar los Andes. El 24 de diciembre el papa Juan Pablo II nombra al cardenal Antonio Samoré como representante ante los gobiernos de Argentina y Chile para resolver el conflicto, lo que fue aceptado por Videla y Pinochet el 8 de enero de 1979, deteniendo la guerra.
Luego de varios años de negociaciones llevó a la firma del Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina en el Vaticano el 29 de noviembre de 1984. Queda la sensación que la marejada de violencia en la que el país se había ido sumergiendo desde 1953:bomba en la estación del subte de Plaza de Mayo e incendio del Jockey Club, más los bombardeos y la quema de las iglesias en 1955, pasando por los conflictos políticos y sociales de la década de 1960 y llegando a la guerra revolucionaria de los '70 no era suficiente y se buscó un conflicto externo para seguir en los tiempos violentos.
El año de los tres presidentes. La guerra
Luego de una grave crisis política provocada por el enfrentamiento entre Videla y Massera por la futura presidencia, a la que se sumó la presunción de una grave crisis económica producto del desfasaje de las variables económicas que iba a producirse posteriormente, en 1981 Videla es reemplazado por su sucesor en el Ejército, Roberto Viola, quien permanecería en la presidencia sólo nueve meses, ya que la devaluación del peso, ordenada por el gobierno luego de que el ministro de Economía Lorenzo Sigaut dijera:"El que apuesta al dólar pierde", sumó en un gran desprestigio al equipo de Viola.
El 22 de diciembre, luego del cambio de los miembros de la Junta Militar, Viola es destituido y asumió como presidente el general Leopoldo Galtieri, a quien alguien bautizó como un "general esplendoroso". Galtieri se jactó de que "las urnas están bien guardadas".
Quiero pedir disculpas por la autorreferencia, pero quien esto escribe fue testigo de algo increíble: yo participaba invitado en el almuerzo de Navidad de 1981 en el convento del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Santos Lugares, en las afueras de Buenos Aires. Allí, en medio de la animada charla durante la comida uno de los religiosos, el padre Vicente De Luca dice: "Como uds. saben se puede decir el pecado y no el pecador: alguien me ha dicho que en junio tomamos las Malvinas". Eso promovió chanzas y risas, pero De Luca insistió: "Es cierto". Todos los descreídos tuvimos que pedirle disculpas tres meses después cuando se inició la Guerra del Atlántico Sur.
Nadie imaginó que 1982 iba a ser el peor año de la historia moderna argentina: la guerra contra Gran Bretaña, con su saldo de héroes y de combatientes posteriormente maltratados; la quiebra de la economía con un aumento inédito de la pobreza y de la desocupación, el abandono del gobierno por parte de la Marina y de la Fuerza Aérea; la aparición de casos y más casos de violaciones a los derechos humanos; y, sobre todo la conciencia del desastre nacional, marcaron a fuego un año tristemente inolvidable para los argentinos. Volviendo a los hechos históricos, tan extraña era la situación que, a pesar de la derrota militar, el "último de facto" Reinaldo Bignone pudo conducir el gobierno en un estado de debilidad extrema hasta las elecciones de 1983. No existía un liderazgo político con capacidad para llamar a una coalición nacional de emergencia. El propio Bignone bromeaba en las reuniones de gabinete con la consigna electoral del peronismo: "luche y se van", contestando que "soplen y nos vamos".
La medida más audaz que propuso Bignone fue una auto - amnistía para los delitos cometidos en el combate de la insurrección guerrillera, que bueno es recordar fue aceptada en la campaña electoral de 1983 por el justicialismo. El uso de la frase "pacto militar sindical" que usó el entonces candidato radical Raúl Alfonsín para denunciar la colusión entre el gobierno de facto y el peronismo fue muy efectivo y tuvo consecuencias electorales posteriores.
Es notable, desde la perspectiva de la historia, que luego de la derrota en la guerra del Atlántico Sur los militares hayan podido sobrevivir en el poder político del estado un año y medio. Sobre todo, porque en julio de 1982 la Armada y la Aeronáutica decidieron abandonar el gobierno, que quedó en manos sólo del Ejército. Sin duda, la sorpresa de la guerra y los años violentos habían dejado la estructura de los partidos políticos en estado de hibernación, situación que fue lentamente superada.
El fin de una época
No cabe duda del aprendizaje cívico de los argentinos respecto del valor de la democracia. Haber logrado que el 10 de diciembre de 1983 se convirtiera en una verdadera bisagra en la historia es una epopeya que nos pone frente a los desafíos aún pendientes: cumplir con los parámetros que establece la Constitución en su preámbulo, tan pulcramente escrito por José Benjamín Gorostiaga en Santa Fe en 1853: "constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia".








