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Lea Watzinger: "Estamos viviendo en una sociedad con estructura algoritmizada y nuestras decisiones se reducen al mínimo"

Invitada por la UNSE para abrir el ciclo lectivo de Sociología y Filosofía, Watzinger charló con El Liberal y dejó una definición inquietante sobre el capitalismo digital: un sistema donde nuestros comportamientos no solo pueden ser predichos, sino también moldeados.

06/04/2026 06:00 Santiago
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La escena podría ser cotidiana: una académica alemana en Santiago del Estero, conectada en tiempo real con su familia a miles de kilómetros. Para Lea Watzinger, investigadora de la Universidad de Passau, ese ejemplo simple resume una de las grandes paradojas de nuestra época: nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, nunca fue tan difícil estar plenamente en un solo lugar.

Invitada por la UNSE para abrir el ciclo lectivo de Sociología y Filosofía, Watzinger charló con El Liberal y dejó una definición inquietante sobre el capitalismo digital: un sistema donde nuestros comportamientos no solo pueden ser predichos, sino también moldeados. "Primero hay que darse cuenta de que estamos dentro de una estructura programada y algoritmizada", advierte. Sin esa conciencia, sostiene, el margen de decisión individual se reduce drásticamente: el usuario cree elegir, pero en realidad es conducido.

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Pregunta: El concepto de capitalismo de vigilancia sugiere que nuestros comportamientos pueden ser predichos y modificados: ¿cuánto margen real de decisión nos queda como usuarios?

Respuesta: Primero uno tiene que darse cuenta de que es una estructura artificial y programada y después dándose cuenta de eso, uno puede decidir cuánto meterse ahí o no; y así uno puede tener su poder de decisión. Si no reflexionamos sobre esos mecanismos te metes a las plataformas digitales, sin saber nada, el algoritmo te va a llevar, y no tendrás tu decisión. Con el saber uno se queda con ese poder de decisión; la mayoría de las personas no reflexionan al ingresar los datos a una plataforma digital.

P: Planteas que la digitalización no es sólo técnica sino una transformación social: ¿qué estamos perdiendo y qué ganamos como sociedad en ese proceso?

Había esperanzas al principio, cosas por las cuales considerar que ganamos en ese concepto de digitalización. Por ejemplo, la conexión con familiares cuando estás lejos, por ejemplo en mi caso que hablo día a día con mi familia de Alemania, en eso ganamos. Pero perdemos en aspectos con conexión personal, estar todo el tiempo pendiente de los artefactos electrónicos y pierde presencialidad, conexión física con otras personas. 

R: ¿Las redes sociales nos benefician o nos degradan? ¿Qué rol tienen en el debate público?

Veo ahí algo positivo que hacen las redes pero también un cambio en turno del discurso: ayudan a conectar personas que tienen mismos intereses. Pero sí hoy se observa una fragmentación en la digitalización; ya no hay un discurso amplio de la sociedad, y una expansión. Veíamos videos de gatitos, todo tiernos, que yo amo los gatos; pero hoy vemos que ya no son los videos de gatos, sino son mentiras, pornografía, violencia digital. Vemos degrado este discurso, y creo que hoy el diagnóstico es mucho peor. Las redes sociales no hicieron que la democracia se desarrolle, sino que nos muestran, tal vez, lo malo que somos como humanos. 

P: Hay un dato muy fuerte que se conoció sobre la implicancia de empresas como Palantir en el genocidio en Gaza o la injerencia durante la pandemia en España. También el rol que cumplieron Meta o Amazon en la diversificación de mensajes en campañas políticas ¿Consideras que estas plataformas concentran demasiado poder?

R: Hay concentración de nuestros datos en manos de pocos. Yo lo investigué hace años atrás. Y puedo afirmar que se habla cada vez menos de la privacidad. Es un concepto que no existe porque ya nos acostumbramos a compartir todo. Pienso que aunque digamos `yo no tengo nada que esconder, todos tenemos algo que esconder`. Con respecto al otro aspecto, las plataformas tomaron un poder increíble, y como sociedad, todavía no tomamos la dimensión concreta sobre el avance en nuestra privacidad. Y no hemos comenzado a ocuparnos de eso para ver cómo arreglarlo o cómo frenar a estas empresas. En Estados Unidos hubo un juicio, en la Unión Europa se iniciaron acciones y márgenes jurídicos para frenar a las empresas. Pero estamos en un nivel donde las empresas toman un poder ilimitante.

P: ¿Estamos frente a un nivel de desigualdad frente a esto? ¿El control de la información, de nuestros datos, de nuestra privacidad lo tienen algunos pocos?

R: El individuo es la materia prima de estas plataformas. Y todos, con nuestros datos, las alimentamos. Es un proceso que como individuos podemos frenar, es una cuestión de conciencia de cada persona. Y hay que dar el debate político y social, en todos los ámbitos. Los académicos lo discutimos pero la mayoría de las personas no lo tienen en cuenta. 

P: Con el avance de las Ias, de la hiperconectividad ¿Qué tipo de ciudadanía observas? ¿Cómo nos estamos formando: más libre, más condicionada, más vigilada?

R: Más vigilada seguramente. Y los discursos de las redes también son violentos. Yo lo denomino discurso horizontal, donde hay usuarios con una voluntad de agredir en las redes al otro con una intencionalidad muy marcada. Y Facebook, Instagram y otras plataformas; tienen el poder de hacer un seguimiento de tus datos y a la vez pueden llegar a ser usadas como un Estado Jurídico, un Estado policial.

La tensión entre libertad y control, y el lugar de las infnacias

Watzinger plantea un doble desafío. Por un lado, la necesidad de que los Estados asuman un rol activo, regulen a las plataformas y promuevan alternativas. Por otro, la urgencia de una alfabetización digital real. "La mayoría de las personas no ve esto como un problema", señala, y allí radica, quizás, el mayor peligro.

Incluso en el plano más cotidiano, como la relación de los niños con la tecnología, la clave vuelve a ser la conciencia. La investigadora propone una "digitalidad acompañada": no se trata de prohibir, sino de enseñar, guiar y explicar los riesgos. "Los chicos crecen en un mundo que es físico y digital al mismo tiempo. Hay que prepararlos para ambos", sostiene.

P: ¿Qué responsabilidad tienen las naciones, los Gobiernos, los Estados en eso que menciona?

R: Principalmente la responsabilidad de ponerle reglas a las plataformas y hacer que esas reglas se cumplan. Determinar si las plataformas están ahí como una catástrofe natural o como un fenómeno natural, y los Gobiernos tienen la obligación política y social de poner las reglas de tratarlas jurídicamente. Y los Estados tienen que implementar éticas en las plataformas y redes; dar opciones libres. Si bien hoy estamos en un punto más avanzado, pero hace diez años los discursos académicos proponían a los Estados que haya alternativas para Facebook o Twitter; y que no lleguen a ser hegemónicas. Gobierno de Europa sí pusieron a disposición de los usuarios alternativas libres. Y también el otro aspecto es la cuestión de la educación, la capacitación. Tanto en Argentina como en Alemania, por suerte la educación es pública y sigue siendo pública. Entonces es responsabilidad del Estado capacitar cuestiones digitales desde las escuelas y desde la universidad.

P: En sus trabajos menciona y propone la creación de cooperativas digitales como alternativa a lo hegemónico de alguna manera para quitarles poder, descentralizar. ¿Es realmente viable eso? ¿Se puede implementar o lo ves más como una experiencia utópica?

R: Vemos que no se han realizado, entonces debe haber algún obstáculo que hasta las mismas industrias no les debe convenir. Pero mi responsabilidad como filósofa en este discurso es intentar pensar alternativas, y no tomar lo que hay como hecho y como `así debe ser`; esa distinción entre lo normativo y lo fáctico. Entonces pensemos en algo distinto ¿cómo es posible? No lo sé. Yo no sé programar nada ni diseñar pero quiero llamar la atención a una utopía digital. Pensemos lo distinto. Pero lo que vemos en la realidad no utópica es que no hay. O hay, pero no llegan a ser una alternativa real. Cuando Twitter fue comprado por Musk pasó lo que estábamos esperando que pase, se convirtió en una plataforma de catástrofe. En parte de Europa y Alemania nos bajamos Blue Sky que es una plataforma abierta, de código abierto, se usa pero con pocos usuarios. No llegó a ser masivo. Pero si hasta ahora no funcionó no significa que no se pueda concretar en algún momento.

P: Usted también aborda la tensión entre protección y autonomía de los niños en el mundo digital ¿hasta qué punto protegerlos implica también limitar su desarrollo en el mundo digital?

R: Por un lado hay que decir que los niños están creciendo en un mundo tanto digital como físico. Y la responsabilidad es de los padres hacerlos crecer de una forma saludable. Eso significa que tienen que crecer bien en el mundo físico, clásico, normal. Pero también los padres siempre tienen la responsabilidad de mostrarles a los niños el mundo tal como es, y eso implica la digitalidad. Explicarles los peligros que hay y cómo enfrentarlos. Y me parece que de parte de los padres debe existir una digitalidad acompañada. Este es un concepto clave. Se le puede dar la pantalla, la tablet al niño pero no por la razón de "ahí está y quedate quieto", sino con el objetivo de "tenemos esto y qué puedo hacer, qué querés hacer, qué no querés hacer, dónde están los peligros y cómo los puedes enfrentar". Es una decisión que, por un lado, cada padre, cada madre tiene que tomar: cuánto en contenido, cuánto en tiempo. Hay que hacer un camino acompañado. Varios países ya están regulando hasta qué edad pueden empezar a usar el teléfono o en algunas escuelas no dejan usarlo. Son iniciativas que pueden funcionar. Eso es una decisión del Estado, que no puede no hacer nada ante este fenómeno. Muchos gobiernos no permiten el uso de redes sociales antes de los 16 años.

P: ¿Existe hoy un "espacio público digital" como lo pensaban autores como Habermas que usted menciona en algunos de sus trabajos de investigación, o estamos ante otra cosa completamente distinta?

R: Cuando pensamos en las redes sociales como un espacio público digital, hay que entender que se trata de algo bastante ambivalente. Por un lado, allí hacemos cosas que tradicionalmente asociábamos con el espacio público: debatir, intercambiar argumentos, movilizarnos como ciudadanos. Sin embargo, incluso ese ideal del espacio público siempre fue más bien una construcción teórica que una realidad plena. Lo que vemos hoy es que, además de esas prácticas, hay muchas otras dinámicas que dominan el entorno digital. Como señala Elon Musk, hay una expansión de contenidos que van desde lo banal como los videos de gatos hasta lo problemático, como la violencia o la desinformación. En ese contexto, el intercambio racional de ideas deja de ser el eje central. Por eso, quizás estamos partiendo de una confusión. Tal vez las redes no se transformaron en un espacio público, sino que en realidad funcionan como un espacio comercial. Actuamos como si estuviéramos en una plaza pública, pero en realidad estamos dentro de una lógica de mercado, similar a un centro comercial: un lugar donde intentamos debatir o reflexionar, pero constantemente interrumpidos por publicidades, estímulos y contenidos que desvían la atención. Incluso, a diferencia de un espacio físico, aquí no hay mecanismos claros que ordenen o regulen la convivencia. Por eso, más que un verdadero espacio público digital, hoy podríamos hablar de un espacio 'pseudo-público': un entorno que parece público, pero que en esencia no lo es.

P: En sus investigaciones aparece el concepto de "capitalismo de plataformas" ¿cree que hoy los trabajadores digitales son más libres o más precarizados que antes?

R: Dentro del mundo digital hay distintos tipos de trabajadores. Por un lado, están los más visibles, como los influencers, que generan contenidos y, en muchos casos, logran ingresos importantes a partir de las plataformas. Pero también existe otra cara mucho menos conocida y mucho más dura. Hay trabajadores en países como Malasia o Filipinas que realizan tareas esenciales para el funcionamiento de estas tecnologías: moderan contenidos, eliminan datos sensibles y entrenan sistemas de inteligencia artificial. Lo hacen en condiciones muy precarias, muchas veces en oficinas sin las condiciones básicas, sin protección laboral ni respaldo sindical. Las condiciones en las que trabajan son realmente muy malas, y sin embargo su labor es clave para que el mundo digital funcione tal como lo conocemos. Lo preocupante es que hay muy poca conciencia sobre esto. Tendemos a ver la tecnología como algo limpio, eficiente y moderno, pero en realidad se sostiene sobre el trabajo de personas profundamente precarizadas, que quedan completamente invisibilizadas. En definitiva, ese universo digital que percibimos como avanzado y sofisticado tiene un costo humano muy alto, que como sociedad muchas veces preferimos no ver.

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