Dolar Oficial: - Dolar Blue:- Dolar CCL:- Dolar Bolsa: - Dolar Mayorista: -

EL LIBERAL . Santiago

Crónica de los lugares que extraño 

Por Belen Cianferoni 

24/05/2026 06:00 Santiago
Escuchar:

Crónica de los lugares que extraño  Crónica de los lugares que extraño 

HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE EL LIBERAL Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO

Ayer estaba viendo una página de Facebook y me asusté un poco. Estoy grande.

Era una página dedicada al ex cine Renzi, ese que estaba sobre Yrigoyen, y sentí algo raro: como si alguien hubiera abierto una puerta y detrás estuviera todavía la ciudad que yo conocía. La ciudad de antes. La que no existe más, pero sigue respirando abajo de las baldosas, esa la cual el zoco escribió antes.

También te puede interesar:

Extraño quién era cuando iba a esos lugares.

Ir al cine en los noventa no era como ahora. Ahora uno entra al celular, toca una pantalla y en cinco minutos ya eligió película, asiento y hasta cuántos gramos de cheddar quiere encima de los pochoclos. Antes ir al cine era un acontecimiento. Había que organizarse. Esperar. Convencer a los adultos. Ver si alcanzaba la plata. Cambiarse la ropa como si uno fuera a una fiesta.

Y el Renzi tenía algo ceremonial.

La gente caminaba hasta ahí como quien va a una misa pagana del entretenimiento. Había olor a perfume fuerte, a calor santiagueño pegado a las butacas de pana, a caramelos Sugus derretidos en los bolsillos. Las entradas se compraban ahí mismo, con nervios, mirando los horarios pegados en vitrinas que parecían enormes. Y si la película era importante, uno llegaba temprano porque corría el riesgo de quedarse afuera. Imagínense eso hoy. Quedarse afuera del cine. Hoy la tecnología te reserva hasta la tristeza.

Yo recuerdo la sensación de oscuridad cuando empezaba la película. Ese silencio colectivo. El ruido del proyector. Las parejas que se daban besos creyendo que nadie las veía. Los chicos pateando asientos. Y esa sensación hermosa de salir del cine y seguir viviendo dentro de la película un rato más.

Ahora todo es inmediato. Antes las cosas tenían espera.

Y la espera también construía recuerdos.

Me pasa lo mismo cuando pienso en Casa Tía. Ahí, sobre la calle Tucumán, creo. Yo iba con mi mamá a comprar dulces y sentía que entrábamos a un universo paralelo. Los caramelos parecían más brillantes en esa época. O quizás la infancia le ponía brillo a todo. Todavía puedo recordar el sonido de las bolsas y el aire frío del local mezclado con olor a golosinas.

Después estaba Súper Lozano, que en mi memoria era el París santiagueño. Yo lo veía elegante. Señoras paquetonas caminando entre vajillas y manteles, con esas permanentes inmóviles que parecían desafiar al viento del norte y a la humedad. Movían aquellas bolsas blancas de plástico duro con las letras rojas: LO ZA NO. Como si cargar una bolsa de ese lugar fuera una especie de símbolo de status. Yo miraba todo desde abajo, desde la altura de una niña, y me parecía un sitio sofisticado como una película.

La memoria también es injusta porque a veces borra calles.

Sé que la pizzería La Merced estaba sobre Belgrano, pero mi cerebro se pelea entre Nueve de Julio y Urquiza. Y me da miedo eso. Sentir que el olvido muerde despacio y se lleva pedazos de mi vida como un perro viejo royendo huesos.

Mis padres hablaban mucho de lugares donde yo ni siquiera fui. Catura o era Catur?, por ejemplo. "Los mejores panchos", decían, cuando Belgrano era acequia y enfrente estaba el Automóvil Club. Y el carrito del Coya Sucarin. Yo nunca probé nada ahí. Pero heredé esos recuerdos de escuchar tanto las historias. A veces uno también extraña lugares prestados.

El primer lomito que me cambió la existencia fue en El Rey del Tutti, en Independencia y Saavedra. Y discúlpenme, pero los lomitos eran más chicos antes, pero tenían magia. O nosotros éramos más felices con menos. Un lomito alcanzaba. No existía esa monstruosidad contemporánea de compartirlo entre cuatro personas mientras alguien dice "picamos algo". Mi padre podía comer tres él solo. Lo vi. Lo juro por Dios y por la mayonesa casera.

Y además, comer afuera era un lujo. No era cotidiano. No existía eso de pedir delivery tres veces por semana. Si una familia con tres hijos compraba comida hecha, era porque los adultos estaban agotados o porque realmente había algo que celebrar. Comer un lomito era casi un evento diplomático.

También extraño frustraciones pequeñas.

Por ejemplo, no entrar en la ropa del Hormiguero.

Mis amigas iban ahí y salían con las bolsas como si fueran celebridades de una pasarela santiagueña. Yo miraba esos jeans imposibles y entendía rápidamente que mi destino eran los jogging. Sentía una envidia feroz. Silenciosa. Infantil. Pero de esas que duelen de verdad.

Extraño Dumbo en la calesita.

Extraño volar arriba de ese elefante creyendo que el mundo era enorme y que yo también podía ser enorme algún día.

Mi tía Patricia me llevaba a Fini para mis cumpleaños y yo me quedaba hipnotizada mirando los espejos y las luces. Sobre todo en Navidad, cuando armaban ese árbol gigantesco que parecía salido de una película yanqui doblada al español latino.

Después vino la adolescencia y esa costumbre extraña de ir a Tequila a buscar anticipadas para boliches a los que ni siquiera iba. Yo guardaba tarjetas como tesoros arqueológicos. Tenía carpetas llenas. Me imaginaba siendo una de esas chicas que vivían saliendo, riéndose, entrando y saliendo de boliches con tacos altos y perfume caro. Pero en realidad era demasiado chica. Y demasiado lectora. Mientras otras soñaban con la pista, yo me refugiaba en libros.

Y quizás por eso ahora me pasa esto.

Esta nena grande que soy está aterrada porque va a estrenar una obra de teatro. El domingo 31 de mayo, a las 20:30, en la sala Elebé, en la ciudad de La Banda, sobre San Martín 48. Ahí donde antes estaba el Súper Montoto. ¿Se acuerdan?

Miren qué loco: los lugares cambian de nombre, de dueño, de luces. Pero uno sigue entrando con los mismos nervios.

Antes iba al cine Renzi creyendo que las historias solamente ocurrían en la pantalla.

Ahora soy yo la que tiene miedo de un escenario y convertirse, aunque sea por una noche, en parte de la memoria de alguien más.

Lo que debes saber
Lo más leído hoy