Por Amalia Dominguez
Un pacto con San La Muerte Un pacto con San La Muerte
Anochecía cuando Marta llegó al cruce de caminos. El lugar estaba extrañamente aislado de bulliciosas y transitadas rutas. A lo lejos, a la vera de un sendero de tierra, a la izquierda, casi en ruinas, estaba lo que los lugareños llamaban la capilla del diablo. Desde hacía años allí se organizaban reuniones semiclandestinas. Ahí se podía ser devoto con relativa tranquilidad de un culto que disgustaba a la Iglesia y provocaba miedo y desconfianza. En ese momento irradiaba una luz mortecina y sus puertas estaban abiertas.
Abiertas, igual que las puertas de su negocio y de su casa. Marta rara vez las cerraba con llave. No había necesidad. La guardiana de San La Muerte las había sellado de tal manera que nadie se atrevía a entrar con malas intenciones. Aquella bruja se había mordido el dedo medio de la mano derecha desde la punta hasta el nudillo y dejó colgar la mano, luego usó el dedo como lápiz para reproducir un intrincado diseño. Parecía sencillo, aunque a ella le causaba una extraña repugnancia.
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Con esto nadie te lo va a entrar a robar nunca más le había asegurado. Es un sello de protección que el santo me dio hace poco.
Se trataba de un pequeño templo abandonado. Marta sabía que el lugar no estaba consagrado. Al acercarse, el olor rancio de las oscuras velas impactó en su nariz como si fuese algo sólido. Un ritual parecido a una misa estaba en curso.
En la galería, dos hombres conversaban por lo bajo.
Dicen que en vez de vino usan agua del baño de un changuito sin bautizar.
Mirá vos, che. Qué raro, no? Podrían utilizar sangre. Mejor, que no? En vez de agua sucia...
Era agosto y los fieles venían a hacer sus ofrendas. Pero esta vez Marta tenía un pedido especial, y quería consultarlo con la "promesera" del santo. Cuando todos se dispersaron, entró.
La habitación era sencilla. El Señor San La Muerte, no. La talla medía casi un metro y era de plata, con una túnica negra.
Se acercó al esqueleto y abrió su cartera. Una petaca de whisky apareció en sus manos y con una inclinación de cabeza se lo ofrendó.
Me dijeron que tengo cáncer -comentó como al pasar. El santo puede ayudarme a vivir? puede darme más tiempo?
La sacerdotisa suspiró y puso ante el santo claveles rojos, que mantenía frescos en un jarroncito de cerámica y le ordenó que encendiera tres velas rojas.
Luego, la guardiana de San La Muerte encendió todas las velas, algunas rojas, otras negras. La tenue luz hacía temblar al santo plateado con su guadaña que asomaba bajo su capa negra. Los ojos de la calavera estaban iluminados desde adentro por piedras brillantes que se veían o no según cómo ardieran las velas.
Arrodillate.
Martaobedeció. Confiaba en el santo y rezó junto a la bruja:
"Poderoso San La Muerte, eficaz abogado y protector de aquellos que te invocamos, ruego tu intercesión para que este enfermo recupere rápidamente la salud. Poderoso San la Muerte, hasta que llegue el último momento permite que viva plenamente. Que así sea. Amén".
La luz producía la ilusión de una sonrisa en la imagen y la guardiana, en un gesto de mutuo entendimiento, movió hacia arriba la comisura de sus labios. Después se le acercó, le tocó los pies de plata y abrió la cajita de palosanto que había sobre el altar, junto a la imagen. Miró los payés. Tenía uno tallado en una bala, conseguido en el cementerio de La Banda. Había estado bajo la piel de un hombre abominable. Eligió otro de un estilo diferente. El señor San La Muerte estaba sentado sobre una piedra, con los codos sobre las rodillas y las manos apoyadas en la mandíbula.
Te voy a poner en el cuerpo al Señor de la Paciencia, es lo que necesitas, de hueso de cristiano.
Volvió al altar con la petaca de whisky que ella había traído y un cúter que desinfectó con alcohol. Le hizo un corte de tres centímetros en el hombro. La piel de Marta era sensible, delicada, se abría facilmente. Levantó la piel apenas y metió con cuidado la talla. A diferencia de otros devotos a los que ella les había injertado el santo, Marta no se movió ni se quejó. La guardiana se llenó la boca de whisky, lo escupió sobre el tajo y dijo algunas palabras en guaraní. Y aunque era innecesario porque la incisión era muy pequeña y con suerte iba a cicatrizar pronto, le hizo un parche con vendas y le puso varias curitas.
Es el talismán más poderoso que tengo. ¿Quieres dejarle algo al santo? Si no le ofreces nada, se puede enojar.
Marta se acercó nuevamente al altar, depositó un paquete abierto de cigarrillos a los pies del santo e hizo una reverencia, arrodillada.
Quiero pedir también para mi padre.
Bueno. Pero, según mis cuentas, ese será tu tercer deseo. El pago es diferente.
Lo que sea.
Eso lo haremos en otro lugar.
Esperaron pacientemente hasta que dieron las 2 de la madrugada. Las puertas del cementerio municipal estaban cerradas con candado, pero eso no significaba ningún problema para la sacerdotisa. Con la punta de su dedo izquierdo dibujó el signo de la apertura en el aire y el cerrojo se abrió con un chasquido.
Martanunca supo cómo la guardiana de San La Muerte lidió con el empleado de seguridad. Solo le ordenó que la esperara allí y no se moviera. Así lo hizo. Cuando la vio nuevamente, la bruja le hizo señas para que la acompañara. Fueron a la capilla del camposanto. Martano entendía. Movió su barbilla preguntando y la bruja le enseñó que la demonología podía funcionar en múltiples espacios, pero la eficacia aumentaba en lugares consagrados. Juntó todas las velas que pudo y también se llevó el candelabro.
Caminaron rápidamente, pasando los mausoleos y las bóvedas que, como en todos los cementerios municipales grandes, estaban cerca de la entrada.
Llegaron hasta las tumbas en tierra, antes de llegar al paredón que cerraba el cementerio. La bruja se detuvo ante los restos de un ritual afrobrasileño.
Esto es poderoso, pero está mal ejecutado- lo criticó.
Se alejó del lugar donde todavía quedaban plumas y le entregó las velas a Marta.
Necesito que claves las velas en la tierra y las enciendas.
Marta cumplió su orden con entusiasmo. La guardiana del santo empezó a trazar sobre el suelo, con un cuchillo, el sello. Un círculo y las letras del nombre del espíritu de San La Muerte, en el orden de las agujas del reloj. Otro círculo alrededor del nombre y, dentro de este, el sello. Lo hacía rápido, de memoria con prolijidad casi burocrática.
La bruja despreciaba lo que llamaba "el recetario ocultista". No estaba usando ropa negra, ni capa, ni incienso y el trazo era solo un surco sobre la tierra, sin la sangre ni la pintura dorada necesaria, aunque, en realidad, este sello debía trazarse con mercurio. ¡De dónde iba a sacar mercurio!
La sacerdotisa cerró los ojos y se arrodilló en el círculo con Marta a su lado. En silencio recitó la fórmula de la invocación. Los pasos de San La Muerte no tenían sonido, pero su guardiana los sintió. Ahora tenía que ser rápida y concreta. Cuanto más tiempo estuviese el demonio, más difícil sería cerrar la puerta.
La Muerte si lo deseaba, otorgaba y curaba enfermedades. También respondía con la verdad sobre lo secreto y lo escondido.
La guardiana sólo oficiaba de médium entre el demonio y Marta. Escuchaba la voz del demonio, que le retumbaba en todo el cuerpo. Preguntaba, en un lenguaje que no podía traducir, que la sacerdotisa no conocía, pero comprendía, «por qué». Por qué había sido llamado, quería saber. Marta, completamente concentrada, comenzó a hablar. No le temblaba la voz, aunque la tensión laceraba cada uno de sus músculos. El demonio se elevó un poco más y algo parecido a sangre la salpicó.
Al finalizar, la sacerdotisa bajó la cabeza, agradeció y recitó en voz alta la fórmula de la despedida.
San La Muerte desapareció en silencio, pero en su partida lanzó una ráfaga que apagó todas las velas. Fue entonces cuando la mujer sintió dolor en la palma de su mano, de la cual emanaba un líquido caliente y pegajoso: era su sangre. El pacto había sido firmado.








