Por Belén Cianferoni.
Crónicas de una pelea que nadie gana con i.a. Crónicas de una pelea que nadie gana con i.a.
Buenos días, mis queridos croniqueros. Hoy vamos a viajar en el tiempo para poder solucionar nuestro presente y, quién dice, nuestro futuro. Agarre ese mate fuerte y empecemos, que tenemos un largo viaje.
Esta crónica empieza con una Belén de 13 años peleando y agarrándose de las mechas con su compañera de colegio en la plazoleta de su escuela, un frío día de invierno.
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Así es, yo también fui de esas chicas que intentaron solucionar los problemas con violencia porque la educación no les bastó para crear puentes con palabras.
Aquí hay dos seres humanos involucrados, con sus motivos, sus dolores, sus ausencias, sus errores y con toda la vida que recién les está enseñando qué es lo importante de vivir.
Veo a esa Belén desde lejos y me siento entre ternura y vergüenza de ese pequeño animalito peludo que solía ser.
¡Cómo crecimos, amiga! Ah, no les dije: en este viaje en el tiempo, la otra contrincante es mi amiga, que comparte el pelo negro como yo y defiende los mismos intereses, y sin embargo ahí estamos.
Traje del futuro, para poder pensar esta situación, un par de encíclicas, libros de poesía e inteligencia artificial, y también traje a mi amiga para poder hablar y comprender lo que pasó. Nuestras nuevas versiones tienen palabras y posiciones tomadas de la vida, cosas que como niñas no teníamos, porque la escuela no nos enseñó y el contexto social y socioeconómico de la Argentina de principios de los dos mil no era caldo de cultivo para nada, solo para reaccionar violentamente. Je, un poco como ahora.
Pase un mate, doña, que vamos a leer un poquito.
La nueva encíclica del papa León XIV, "Magnífica Humanitas", habla, entre tantas cosas con muchísimo acierto, de las palabras y de los vínculos que generamos con ellas. Entre nosotros construimos puentes con palabras; por eso, cuando habita el silencio en nuestro mundo y consumimos cada vez menos y menos palabras, nuestro "horizonte de oportunidades" se achica y terminamos en el polvo agarrándonos de las mechas por no poder hablar.
Ya crecieron nuestros personajes. Les hago un adelanto: sufrieron, se golpearon, amaron por igual, viajaron y se encontraron con toda la poesía que le faltó a su vida. Tuvieron tiempo de madurar y de entregarle al mundo música y poesía donde antes había violencia y brutalidad.
Ahora vamos a nuestro presente. Miles de chicos y chicas no tienen esa oportunidad de poder crecer y salir de ese ring de boxeo en el que la sociedad te pone. Porque eso consumimos: violencia. Y si encontramos un video de chicas peleando, mejor, porque nos divierte. Sumándole a eso que, cuando no encontramos videos, los hacemos con inteligencia artificial para que nuestra diversión sea hecha a nuestra medida y nos dé la razón. Siempre.
Vamos a pensar y a dudar. ¿Qué aprendes ahora cuando la inteligencia artificial te da siempre la razón e incluso te da más motivos para que sigas en tu postura?
¿Cómo es el camino educativo de esa niña que está ahora en el colegio, con todos los riesgos digitales y carencias económicas de esta época? ¿Qué armas tiene para poder reflexionar cuando todo está lobotomizado por redes sociales que te dan más y más contenido de cerebro podrido (brain rot) para que consumas más y más boludeces?
¿Dónde está el crecimiento cuando solo quieren que siga siendo esa chica violenta de 15 años que no crece?
Seguimos con la encíclica "Magnífica Humanitas" porque tiene distintos puntos, igual de interesantes y complejos, pero los voy a ir tomando de a poco mientras hablamos con un mate.
Aquí aparece una preocupación que atraviesa toda la encíclica. León XIV teme porque las máquinas no son neutrales y las estamos usando tanto para pensar y dialogar que nosotros estamos dejando de hacerlo. Pensar no es encontrar respuestas rápidas. A mi amiga y a mí nos llevó décadas poder volver a hablarnos como seres humanos y reconocernos como dos víctimas de un engranaje mal aceitado. Pensar es tolerar la incomodidad de la duda. Es escuchar algo que nos contradice y no salir corriendo. Es descubrir que la otra persona puede tener una parte de razón aunque nos moleste.
Y está bien, nadie muere por eso.
La inteligencia artificial puede escribir poemas, resumir libros y responder preguntas en segundos. Lo que no puede hacer es atravesar el largo camino que existe entre tener razón y comprender. Y sin embargo, pareciera que estamos construyendo una sociedad donde comprender importa cada vez menos. Lo vemos en las redes sociales, donde cada uno recibe una versión personalizada del mundo. Lo vemos en la política, donde el adversario ya no es alguien con quien discutir, sino alguien a quien eliminar. Lo vemos incluso en nuestra vida cotidiana, cuando preferimos ganar una discusión antes que entender qué le pasa al otro.
Es demencial, amigos.
Tal vez por eso volví a aquella plazoleta de mi adolescencia. Porque esas dos chicas que se agarraban de las mechas no eran el problema. El problema era todo lo que faltaba alrededor: palabras, tiempo, escucha, adultos capaces de enseñar que los conflictos no siempre se resuelven derrotando a alguien. Veinte años después, seguimos teniendo el mismo problema, pero ahora amplificado por algoritmos capaces de convertir cualquier enojo en espectáculo y cualquier diferencia en una guerra.
Resumiendo, que el mate se está enfriando. Aumentaron los riesgos, sí, pero estamos a la altura de las circunstancias porque se nos olvida que tenemos lo verdadero en nuestra cabeza. Somos seres con raciocinio. Hacemos canciones, escuchamos música, compartimos mate y podemos entendernos.
Vamos a tener que entendernos, aprender a mirar al otro y a hablar, porque todas esas palabras que dejemos atrás y que no usemos son las que la IA va a usar por nosotros.
La inteligencia artificial solo puede ver el pasado, pero nosotros sí podemos, mediante nuestra creatividad, mirar al futuro, pensar y decir qué queremos que suceda. Solo nosotros, y cuando digo solo es solitos, sin programas ni algoritmos, desnudos de tecnología, podemos hacer algo por el futuro y salir de esa plazoleta horrible en la que nuestras decisiones nos pusieron.
Les dejo de regalo al Papa citando a uno de mis personajes favoritos: Gandalf.
'' 213. Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza». [187] La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción. Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo''.








