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Democracia representativa versus tecnología

- 11:07 Opinión

Por Guillermo F. Ruiz Alvelda. Abogado penalista, profesor de Derecho Penal II en la Ucse.

La democracia –en su esencia de “representatividad” de electos por sus electores- peligra como sistema ante el avance inusitado (y creciente exponencialmente) de las comunicaciones vía internet (telefónicas principalmente) en cuanto a su efecto de intervención directa y personal de los usuarios en tiempo real, sin intermediaciones ni necesidad de terceros.

La elección de los más votados por el pueblo tenía y tiene como fundamento no sólo la expresión mayoritaria de los votantes para la legitimación popular de aquéllos sino la necesidad de que como “el pueblo no delibera ni gobierna” sino a través de los funcionarios (candidatos electos), los representantes de tan enorme grupo humano sean quienes se “expresen” por los representados, tal como el caso del Poder Legislativo.

En consecuencia era indispensable tal representación ya que los ciudadanos no podían intervenir ni expresarse individualmente por sí mismos;...no podían, desde 1853 hasta hace poco menos de una década, pero ahora pueden.

Las “constituciones” de los Estados son el modelo institucional de convivenciua armónica y pacífica querido por los constituyentes para el pueblo y deben obedecer a las realidades del mismo y, es así, que se suceden distintas reformas para que tal modelo social siga a las evoluciones y problemáticas nuevas que hoy son de vertiginosa producción. Hemos elegido en el siglo XVIII el modelo Republicano que establece –además de la forma democrática de gobierno y el poder soberano del pueblo- que el Estado se compone de tres poderes que, en teoría, deben ser independientes entre sí y controlarse mutuamente, ejerciendo cada uno las potestades que la ley les dá como esencia de sus funciones.

En su texto actual (esencialmente igual a la primera en la división de poderes; diseño de sus integraciones y atribuciones de cada uno) dicha posibilidad que reemplace a los legisladores no sería viable, salvo que el clamor popular llegue a los hoy representantes (Ejecutivo y Legislativo) y se hagan eco de ello como para justificar una reforma sustancial que haga, nada menos, que a la posibilidad de replantear la necesidad de seguir sosteniendo al Legislativo como único poder estatal para el debate de ideas que se conviertan luego en leyes.

Ocioso es explicar lo conocido por todos en cuanto a las posibilidades que por redes sociales o distintas aplicaciones hacen de la telefonía celular, como medio principal, una forma de intervención en tiempo real de cualquier persona que integre Facebook, Instagram, Telegram, Watsup y otras redes, desde las que basta escribir o seleccionar un ícono para que al publicar un texto o enviar un mensaje en forma instantánea el mismo ya no pertenezca al emisor sino que –con distintas variables de privacidad- pueda ser conocido por cualquier otro integrante de las mismas redes. La gente ya habla por sí misma.

En consecuencia poco quedará a la mentada “representatividad” ya que no estará legitimada por suplir la voluntad de una masa popular que puede manifestarse actualmente en las formas referidas.

Así, los hoy representados no requerirán que los “representantes” los interpreten o crean hacerlo puesto que pueden manifestarse directamente y para ello, por ejemplo, la misma Constitución Nacional nos dá un modo tentativo a través del “plebiscito” o la ya conocida “consulta popular” (usada en los 80’ para el acuerdo con Chile por el Canal de Beagle, en épocas de Raúl Alfonsín), con lo que bastaría que se establezca el tema y el pueblo opinaría a través de una suerte de voto individual directo por el “sí o no” de tal o cual proyecto y todo ello con un simple uso de un teléfono o de otro medio electrónico que lo permita, vía internet.

Bastaría que el proponente de una idea que requiera consenso (lo que hoy son las leyes que emanan del Poder Legislativo) en una exposición y debate público a través de los medios de comunicación (existe obviamente uno estatal que garantiza la difusión suficiente) haga conocer debida y completamente sus fundamentos y posteriormente la ciudadanía haga saber su opinión y, con ello y una vez debatido entre las fuerzas políticas y organizaciones civiles, conocer directamente de cada emisor cuál es su parecer respecto al proyecto expuesto.

Imaginemos obviamente el efecto de la idea en tal poder Legislador cuando así se evitarían los “acuerdos” entre legisladores (muchos de ellos de dudosa legalidad y consenso popular), o las faltas de debate de proyectos por falta de quórum y tantos otros aspectos que hacen a la tarea legislativa y, sobre todo y antes de desaparecer institucionalmente, el enorme ahorro que se produciría por dietas y emolumentos; viáticos; transporte personal y otros rubros más que discutidos como necesarios y sueldos de asesores e integrantes de cada equipo que cada legislador tiene hoy la facultad de tener y que se sostienen con fondos públicos.

Otro “sub producto” de éste imaginario sería el rediseño del poder político, puesto que al no llevar consigo el Poder Ejecutivo (como ocurre por diseño de boletas de sufragio) a los legisladores que deban secundarlo en sus proyectos y acciones, formando mayorías en el Legislativo, su poder real se acotaría y debería mejorar la gestión y optimizarse para que el pueblo (como se dijo) sería el que al auto expresarse convalide su accionar.

La palabra anglosajona “lobby”, que tanto se conoce por describir el accionar de grupos de poder que entre sí intercambian intereses y convienen resultados en base a “sus acuerdos”, dejaría de tener importancia en la faz política institucional ya que es materialmente imposible un acuerdo tan impersonal que involucre a toda la gente...el discurso político de convicción y los argumentos persuasivos reales (y de calidad, no de mera declamación) serían entonces el medio para lograrlo y, de tal forma, se retornaría a la base histórica griega que definiera la democracia.

Idea o postulado improbable o irrealizable? Acaso desde nuestro modelo histórico nacional (y mundial) sí puede considerárselo en tal sentido. Más no debemos descartar lo ya dicho en cuanto a las permanentes mutaciones de la sociedad en cuanto a sus manifestaciones, en las que la tecnología -y su crecimiento- sea la que nos marque el paso a través de una realidad innegable y que, poco a poco, obligue a los cambios necesarios para intentar que nos sirva, y no que nos sobrepase y que nos deje esquemas de instituciones vacías que el pueblo ha llenado o ha elegido utilizar de otro modo.


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