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El regreso de un grande

19/10/2011 22:36 Pura Vida
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El regreso de un grande El regreso de un grande

HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE EL LIBERAL Y ESTAR SIEMPRE INFORMADOPor Emilio Marcelo Jozami

mjozami@elliberal.com.ar

El teatro es la razón de vivir de Rodolfo Bebán. Desde los 14 años hasta sus actuales 77, no ha parado de actuar en escenarios donde representó textos de autores nacionales como internacionales. Lo último que hizo sobre un escenario fue Democracia, en el año 2006, en el Teatro General San Martín (Buenos Aires).

El año pasado había retornado al tablado pero como director. Fue con Quédate de desayunar, con el protagónico de Arnaldo André. Pero, como se dice, volvió a su viejo amor en agosto de 2011 con Filosofía de vida, pieza que representará hasta diciembre en el porteñísimo Metropolitan II. Allí se reencontró con un viejo amigo, Alfredo Alcón, con quien había hecho, en 1978, Lorenzaccio en el Teatro Podestá.

Filosofía de vida marcó también el reencuentro de este gran actor con Claudia Lapacó, ex esposa y madre de dos de sus hijos. En los 70, con Claudia, trabajó en Vivamos un sueño de Sacha Guitry. Amable, el actor de los ojos azules más bellos de la escena argentina, accedió a dialogar con PURA VIDA después de una de las funciones de Filosofía de vida.

¿Cómo se dio este regreso con Alfredo Alcón para protagonizar Filosofía de vida?

Yo fui convocado por él para regresar a un escenario y trabajar juntos tal como lo habíamos hecho hace treinta y tres años con Lorenzaccio. Es un placer estar al lado de Alfredo y, después de más de cuarenta años, con Claudia (por Lapacó, su ex esposa). La sola convocatoria de él me indujo a aceptar el trato y a hacer esta obra, una obra hermosa. Estamos muy satisfechos con los resultados obtenidos.

Volver a un escenario, para un actor de su talla, me imagino, debe ser más que un cosquilleo del alma o un juego escénico.

Es un juego. Me lo tomé como un juego. Yo estoy con lo que dicen los franceses: yo hago y vivo por el teatro. Desde mis inicios hasta hoy, he concebido al teatro de esta manera. Es mi pasión, mi vida y mi forma de encarar la vida. Soy lo que soy por el teatro.

Williams Shakespeare decía que el teatro debe ser el espejo de la realidad.

Debe ser el espejo de la realidad. Debe ser crítico de la realidad. El teatro debe despertar las conciencias, generar el debate sobre temas que hacen a la existencia misma. Debe ser siempre un espejo donde la sociedad vea reflejadas todas sus penas y alegrías.

¿Filosofía de vida se enmarca en estas teorías?

Más que una obra de teatro, es un tratado de filosofía por que su autor (Juan Villoro) no es autor de teatro sino ensayista, filósofo. Villoro ha tenido un éxito espléndido con esta obra y espero que escriba pronto otro texto y nos lo mande para que lo llevemos a escena.

¿Qué nos enseñan El Profesor y “El Pato” Bermúdez, esos dos filósofos que componen Alfredo Alcón y usted, respectivamente?

Nos invitan a reflexionar sobre las cuestiones existenciales como el amor, el sacrificio, la lealtad y la amistad; y sobre cómo se enfrentan estos valores excelsos con el desafío de la vida cotidiana. Son dos viejos amigos que, a su manera, dan lecciones inolvidables. La obra dice que los afectos cuando son pocos son más valiosos. La vida es una lección permanente: tomás un taxi y aprendés. Los afectos verdaderos, los más valiosos, son escasos. Yo tengo dos o tres amigos. No tengo lugar para más, pero por ellos doy la vida.

¿Desde dónde parte y hacia dónde va Filosofía de vida?

Parte de esa encrucijada dramática: dos filósofos se encuentran para una confrontación final. Su amistad ha sido una peculiar forma de rivalidad. Profesionales de la razón, procuran mantener las emociones a distancia. Esta cita es diferente: los acompaña una mujer que definió la vida de ambos. Filosofía de vida se mueve en el demorado encuentro de dos precipitados. No se trata de preguntar si hay que filosofar o no. Filosofamos porque es obligatorio. Es fatal. Nuestra conciencia se plantea cuestiones y hay que intentar resolverlas. La filosofía es algo obligatorio.

“El amor, cuando pierde su misterio, deja de ser amor”, reflexiona Alcón al final de la obra.

Eso es algo sencillo, pero no sé si todo el mundo lo comprende. El hombre no tiene capacidad para amar mucho a muchas personas. Por eso hacen lo que hace mi personaje, que juega al ajedrez cien partidas simultáneas, toca y se va. Nuestro autor, Juan Villoro, es más un ensayista y filósofo, como su padre, que es dramaturgo. Esta obra le salió porque quiso volcar en el escenario esto de lo que quería hablar. Se sorprendió cuando vino a verla, porque en México fue un espectáculo para poco público, mientras que aquí la estamos representando en una sala grande y tenemos una muy buena respuesta de espectadores.

Aún se recuerda su alejamiento de Cremona, obra que, con dirección de Helena Tritek, iba a protagonizar en el Teatro Nacional Cervantes.

En su momento tuve muchas ganas de hacer la obra, porque conocí a Armando Discépolo. A mí me costó mucho renunciar a Cremona (iba a interpretar aquí a Descépolo), pero sentí que tanto ensayo y no poder estrenar por razones gremiales era terrible. Respeto a los sindicatos, pero no me dejaban ni siquiera llevarla de gira. Seguir cobrando sin trabajar no me gustaba y por eso renuncié.

Allí apareció la posibilidad de hacer Alta en el cielo, de Nelly Fernández Tiscornia, en San Juan.

Elegí una obra de Nelly Fernández Tiscornia. Con ella empezamos juntos, nos conocimos mucho en el inicio de nuestras carreras. Ella en el teatro de Haedo, yo en el de Morón. Compartíamos al mismo director, Pedro Escudero, que dirigía los dos grupos. éramos un conjunto dividido en lo geográfico, pero no en el espíritu de hacer teatro.

Desde su debut como extra en Fuenteovejuna hasta este presente en Filosofía de vida, mucho ha pasado en su vida arriba del escenario.

Tenía 17 años. Entré a esa sala para acompañar a un amigo. Al año siguiente, ese grupo estaba armando una obra, Música en la noche, que dirigía Pedro Escudero y me sumé a trabajar como personaje principal. Después de esa obra no paré en el teatro. He trabajado con notables actores y directores. He tenido el placer de ser dirigido por mi padre (Miguel). Mi padre era un hombre de teatro, mucho más que un actor. Cuando ves trabajar a tipos como mi padre, o Ernesto Bianco, Alfredo Alcón o Pepe Soriano, ves clases de teatro. Mi padre era muy severo en sus críticas, tenerlo a él fue un desafío. Pero creo que finalmente se sintió orgulloso de su hijo, aunque nunca me lo dijo.

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