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EL LIBERAL . Santiago

Crónica del miedo 

Por Belén Cianferoni.

04/01/2026 06:00 Santiago
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Crónica del miedo  Crónica del miedo 

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El miedo te acompaña siempre. A veces es grande, otras veces es chiquito. Aparece como una cortina de humo, nublándote la mirada.

El miedo parece que avanza sin pedir permiso, como la humedad cuando entra en los huesos y te recuerda que el cuerpo también tiene memoria.

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El miedo no siempre grita. A veces se sienta al lado tuyo, en silencio. Te alcanza un mate tibio y se queda mirando el piso. Te dice: ojo, sin levantar la voz. Te dice: cuidado. Y una aprende a convivir con él, a calcular los pasos, a medir el esfuerzo, a anticipar lo que puede salir mal sin dejar que eso te paralice del todo.

Estos días el miedo tiene acento colectivo. 

Tiene forma de país sacudido, de casas violentadas, de decisiones tomadas lejos, muy lejos, sin preguntar. Un miedo que no es abstracto: entra por las ventanas, se mete en las camas, se queda a dormir. Un miedo que conocemos desde hace rato y que vuelve a renovarse cuando el poder decide que los cuerpos ajenos son territorio disponible.

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No hace falta nombrar al responsable para entender el daño. El miedo no necesita firma.

Yo, mientras tanto, preparo una valija. Y mi miedo es otro, pero no tanto. Viajo hacia el calor, hacia el vapor espeso, hacia un lugar donde el cuerpo se vuelve más frágil y la voluntad tiene que trabajar horas extras. Viajo sabiendo que mi autonomía es una conquista diaria, no un derecho garantizado. Que cada desplazamiento es una negociación silenciosa con el cansancio, con el dolor, con la incertidumbre.

La esclerosis múltiple también te invade de a poco. No con tanques ni soldados, pero con señales confusas, con límites nuevos, con la amenaza constante de no saber cómo vas a amanecer. Y una resiste. Resiste como puede. 

Aprende estrategias. Se adapta. Se rehace.

Ahí encuentro el paralelismo que me quema en el pecho. Un país que quiere decidir por sí mismo. Un cuerpo que quiere moverse sin pedir disculpas.

Ambos enfrentados a fuerzas que no preguntan, que avanzan, que justifican el atropello con palabras grandes y ajenas, en un idioma que no es el propio.

Pero también hay algo más fuerte que el miedo. Hay pueblo. Hay cuerpo. Hay deseo de seguir. Hay una obstinación casi ridícula por la vida, por la dignidad, por la belleza incluso en medio del vapor, del caos, del cansancio.

Apoyo al pueblo latinoamericano no desde la consigna sino desde esta certeza: resistir ya es una forma de victoria. Levantarse, aunque tiemblen las piernas. Seguir, aunque el miedo viaje con uno.

El miedo acompaña siempre. Pero no manda. 

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