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EL LIBERAL . Santiago

"La palabra de Dios no tiene límites: llega incluso a quien no cree"

"En medio de la angustia, todavía hay un lugar donde aferrarse", dijo el padre José Eugenio Hoyos.

02/05/2026 01:48 Santiago
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La parroquia San Juan Diego, en el barrio Saint Germain, este viernes no fue una más. Se llenó. Se desbordó. Pero, sobre todo, se vivieron escenas conmovedoras. No era solo la expectativa por la llegada de un sacerdote que recorre el continente, sino algo más difícil de explicar y más fácil de sentir: la necesidad urgente de creer, de aferrarse a algo en medio de tiempos ásperos. Allí apareció el padre José Eugenio Hoyos, colombiano, carismático, genuino, con una sonrisa amplia, una energía serena y un mensaje que no necesitó estridencias para ser contundente.

"Me siento como en casa, como si hubiera vivido acá", dijo, casi al comenzar la amena charla con EL LIBERAL. Y no fue una frase hecha. Después de haber recorrido distintos países, reconoció de Santiago del Estero la calidez de su gente, y la Fe. Llegó este último viernes 1 de mayo a la Madre de Ciudades para celebrar una misa especial y emotiva en la zona sur de la Ciudad. "En Estados Unidos la gente es más fría, pero en nuestros países latinoamericanos hay un Cristo vivo en cada persona. Como Misioneros de la Esperanza, llevamos un mensaje de reconciliación, de paz, llevamos más que todo el Evangelio del Señor a las personas y sobre todo apoyando a aquellas que están enfermas.", sostuvo.

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Pero su mirada no esquivó la realidad. Habló de un mundo atravesado por crisis económicas, tensiones políticas y una profunda herida emocional. Fue directo, sin rodeos: "La gente no está muriendo de cáncer, está muriendo de estrés, de depresión, de ansiedad. El ser humano está viviendo una crisis emocional por los graves problemas globales". En ese diagnóstico, duro pero honesto, se apoyó para construir su mensaje de esperanza. "Puedes caer tres o cuatro veces, puedes sentir que te ahogas, pero no quiere decir que todo terminó. Siempre se puede empezar de nuevo. Cuando pasas un mal momento no quiere decir que se te acabó la vida y que se terminó, sino que puedes seguir adelante. Dios nos coloca en el camino a través de la palabra y a él recurren los ricos, los millonarios, los pobres, los políticos. Todos necesitamos de Dios en algún momento", expresó el sacerdote colombiano.

La conversación con el padre José Eugenio fue tomando un tono íntimo casi confesional. Cuando se le preguntó por aquellos que no creen, no dudó: "La palabra de Dios no tiene límites, atraviesa fronteras". Y apeló a una imagen bíblica potente para explicarlo. Para él, incluso quien se resiste, en el fondo, busca un halo de luz. "Muchos dicen que no creen, pero cuando llegan a estos encuentros, algo se mueve", afirmó.

Y luego, añadió: "A aquellos que descreen, a quienes muchas veces no quieren participar de una misa o dicen abiertamente que no creen, la oración también les llega. Lo vemos cuando un familiar se acerca por ellos, con fe. La palabra de Dios no tiene límites. Como en el Evangelio, cuando el centurión le pide a Jesús por su siervo enfermo y le dice que no hace falta que vaya hasta su casa, que una sola palabra suya bastará para sanarlo. Y así fue: cuando regresó, el siervo ya estaba sano. Eso nos muestra que la palabra del Señor atraviesa fronteras y llega donde tiene que llegar. Por eso es tan importante también mirar hacia adentro de las familias y poner especial atención en los jóvenes".

Hubo también espacio para una autocrítica hacia la propia Iglesia. Con un lenguaje claro, sin solemnidades innecesarias, planteó la necesidad de acercarse más a la gente. "No podemos quedarnos arriba con una teología elevada. Hay que caminar con los zapatos del pueblo, meterse en su sufrimiento. El Evangelio es revolucionario. Pero es una revolución buena, que mueve corazones".

En ese camino, puso el foco en los jóvenes. Reconoció los desafíos de una época atravesada por las redes, la inteligencia artificial y, también, por lo que llamó "antivalores". Sin embargo, lejos de una mirada pesimista, eligió ver el vaso medio lleno: habló de miles de jóvenes que hoy vuelven a la fe, que se acercan, que buscan. "La gente tiene sed de Dios, incluso en los lugares donde aparentemente lo tiene todo", explicó.

Y entre un respiro y la sonrisa larga, sentenció: "Hay que ir hacia donde está la gente, como decía nuestro querido papa Francisco: salir a las periferias, acercarse, abrazar, sonreír y llevar el mensaje. Eso es lo que realmente hace falta hoy. Incluso lo vemos en países como Estados Unidos, donde, a pesar de ser una sociedad más fría, las convocatorias se llenan porque la gente tiene sed de Dios. Tienen dinero, oportunidades, trabajo, una economía fuerte; pero también un gran vacío interior. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos salir al encuentro y responder a esa búsqueda".

El cierre fue tan claro como todo lo anterior: volver a lo esencial. A la oración, a la familia, al amor. "Hay que volver a Cristo, pero de todo corazón y en familia", remarcó. Y dejó una imagen que quedó flotando en el aire, como una invitación: "Que ese encuentro con Dios no llegue solo en el dolor, en la enfermedad o en el accidente, sino como un acto cotidiano de amor. Que no nos dé miedo ni vergüenza querernos y amarnos entre hermanos, abrazarnos, sonreírnos", dijo el presbítero.

Afuera, la noche seguía su curso. Adentro, algo había cambiado. No fue una misa más en la parroquia San Juan Diego. Fue, como pocas veces, un respiro colmado de santiagueñidad. Un mensaje de aire fresco en medio de la turbulencia. Y, tal vez, como lo expresó el propio José Eugenio: "Una certeza sencilla pero poderosa, que incluso en los tiempos más inciertos, la esperanza cuando es genuina siempre encuentra dónde anclarse".

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