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Mitos. Verdades en lenguaje metafórico

- 08:41 Opinión

Por Gisela Carla Colombo. Licenciada en Letras

Durante el Siglo XVIII, el proceso que titula la historia como “Enciclopedismo” produjo un cambio importante en el ámbito del conocimiento. El excesivo valor puesto en la razón inclinó la cultura hacia una de las tantas formas de conocer.

Endiosada la razón, se acentuó tanto el método empírico que desde entonces nada pudo afirmarse como cierto, si no había sido debidamente corroborado,  en experimentos científicos, por medio de los cinco sentidos. Ésa era la única forma de percibir la realidad con certeza y sin subjetividades. Aquello que no puede comprobarse de ese modo pierde el interés de los investigadores en principio, para correrse a la categoría de indigno de estudio, después. Pronto ese escepticismo provocó la mutación de lo no probado,  a la condición de “inexistente”. Todo lo que no lograba constatarse en laboratorio, lisa y llanamente, no existía. Todo lo que incluía cierta subjetividad fue, por naturaleza, absurdo.

Eso sucedió con el pensamiento mítico y religioso. La concepción de mito que hoy se enseña en los manuales escolares es un producto de la Ilustración, y plantea que estos relatos tradicionales eran respuestas primitivas de un pueblo que carecía de ciencia. Con lo cual, reducen toda metaforización e interpretación simbólica a una especie de creencias supersticiosas propias de los insensatos.


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Esta definición no sólo le hace un daño a los mitos, también desacredita toda vía epistemológica no racional.  El pensamiento  analógico, entre ellas.

Los mitos, para quienes permanecen fieles al concepto antiguo son, como diría Mircea Eliade, “historias verdaderas contadas en lenguaje metafórico.” Su frecuentación supone un entrenamiento en habilidades diferentes a las que educan las ciencias positivas, habilidades necesarias para discriminar la historia literal, de la abstracción conceptual que esconde.

Uno de los mitos  que enseña a hacer hermenéutica es el que la civilización griega utilizó para explicar  el diluvio universal.  El relato que conocemos popularmente proviene del Génesis, primer libro bíblico. Los griegos, en cambio, lo cuentan por medio de la historia de Deucalión y Pirra, dos ancianos piadosos a los que los dioses protegieron del desastre y les permitieron sobrevivir. Cuando las aguas iban remitiendo, recibieron un oráculo que les ordenó repoblar la tierra. La edad avanzada de ambos les impidió hacerlo naturalmente. Pero el oráculo de Delfos les mostró el camino: “Recojan los huesos de su madre y láncenlos hacia atrás, sin dejar de caminar.” En principio, la pareja intentaba comprender literalmente. No sólo resultaba imposible saber dónde quedaron los huesos de la madre después del diluvio. Había una duda esencial: ¿Qué madre?  Cada uno tenía su propia madre.


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Tantas vueltas le dieron al asunto que llegaron a la conclusión de que no debían interpretar el oráculo literalmente. Sólo con ánimo metafórico se descubre el sentido de los mitos. La madre de ambos era Gea, la madre tierra. Y sus huesos, las piedras que emergieron cuando bajaron las aguas. Mientras Pirra lanzaba rocas por encima de su hombro, por cada una surgía una mujer. Las que arrojaba Deucalión poblaron de varones la tierra nueva.

He aquí el lenguaje metafórico. Los mitos enseñan su verdadera naturaleza. Pero, ¿a qué se refiere Eliade con “historias verdaderas”?

La civilización griega nació en la isla de Creta, según registran los primeros historiadores. Pero luego, un grupo de cretenses intrépidos se aventuraron al mar y desembarcaron en el Continente, al que llamarían “Europa”.

Digámoslo en imágenes, ya que hablamos de mitos:

Un grupo de ninfas recogía flores y trenzaba guirnaldas en una playa cuando un toro blanco de dimensiones irrumpió. Todas excepto una huyeron hacia el bosque. Pero Europa, que era especialmente inquieta y valiente, se acercó al toro, lo acarició, le colgó una diadema en la cerviz y, no conforme con ese abuso de confianza, finalmente lo montó.


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No sabía que el ejemplar era uno de los disfraces en los que se metamorfoseaba Zeus para poseer a mujeres o ninfas. El toro alzó vuelo, atravesó el mar Egeo, cargando a su nueva adquisición,  y descendió en el Continente. En honor de la ninfa esa tierra pasó a llamarse “Europa”.

En ambos casos la verdad puede traducirse al siguiente concepto: Quiso un dios (el destino, la providencia) que la civilización griega nacida en Creta se atreviera a navegar lejos,  mediante los más valientes de su progenie y descubriera así un sitio definitivo para instalarse.

Pongamos otro ejemplo:

Los monstruos que atentaban contra las ciudades solían ser expresión de un tributo. Tal el caso de la Esfinge de Tebas a la que vence Edipo. El Minotauro reclamaba catorce jóvenes por año para alimentarse. Atenas debía enviarlos. Este relato resulta un modo de referir metafóricamente que el pueblo derrotado en batalla quedaba comprometido a pagar un impuesto a su vencedor. Por ello, eran jóvenes los que enviaban. Una manera de sugerir que ese impuesto  atentaba contra las nuevas generaciones.  El dominio que Creta había logrado en batalla sometía a Atenas a vivir sin la mínima posibilidad de prosperidad.


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Cada una de las historias encierra alguna verdad, por más que no sea simple la interpretación. Es fundamental educar el pensamiento analógico para descubrir el verdadero valor de estas historias.

En suma, el racionalismo, el exceso en el uso de la razón, es un arma peligrosa. Puede desacreditar efectivas formas de transmisión de saberes y echar el velo de lo infantil sobre la naturaleza verdadera del mito, en su más profundo sentido.


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