María, Su Pequeña Familia y La Fe de los Abuelos en la Natividad María, Su Pequeña Familia y La Fe de los Abuelos en la Natividad
Por Marcela Nader.
Preparándonos en este tiempo de Adviento para el nacimiento del Niño Jesús, pienso en María viajando sola con su esposo, en vísperas de dar a luz. Están solos. Como tantas otras mujeres en la historia y en el mundo cada día. Me identifico con ese momento de dar a luz sola, lejos de su madre. Pienso en María. Aterrada, en camino, de noche, sin ayuda más que la de su esposo. Hacía frío y no encontraban una posada.
Jesús nació en un establo, rodeado de animales, pero también acompañado de pastores que se acercaron a ser los primeros testigos de un evento que cambiaría la historia, aunque ellos no lo sabían entonces. Los pastores son lo que los amigos y conocidos son hoy, a millones de embarazadas que tienen sus niños lejos de su tierra.
Pienso en Ana y Joaquin, los padres de María, angustiados abuelos de Jesús por ese viaje, como todos los padres cuyos hijos se marchan a otras tierras, aunque sea por poco tiempo. Ellos también querían ser partícipes de la alegría del nacimiento, pero no pudo ser. No saben aún pero no podrán ver al niño por un largo tiempo. Cuántos abuelos como Ana y Joaquín también esperan ansiosos meses o años para abrazar a sus nietos!
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Rara vez pensamos que José, María y Jesús también fueron inmigrantes. Su huida a Egipto por la amenaza del Rey Herodes de matar a todo niño menor de dos años produjo esa migración. Pienso en las madres de esos niños sacrificados por un gobernante temeroso de perder su poder terrenal. Me hermano en el dolor irreparable de sus pérdidas.
La visita y la alegría de los Reyes Magos días después del nacimiento dura poco. Ellos traen entre sus regalos la esperanza pero también el anuncio silencioso de cómo será el final de la vida de ese Emanuel, ese Dios entre nosotros. Cómo sino explicar el regalo de la mirra, un aceite que se usaba para cuidados últimos, para poner a los difuntos? El oro para el rey que ha nacido, y la mirra para el rey de los judios que morirá en la cruz.
La pequeña familia de Jesús en esos primeros años moldeará su alma. A los doce años Jesus dará a sus padres terrenales un susto al desaparecer en su regreso de su peregrinación a Jerusalén. Angustiados, buscan al niño hasta que al encontrarlo en el Templo recuerdan quien es, y comienzan a preparar sus corazones para el futuro. Jesús continuará siendo un hijo obediente.
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Años después, se encontrará en el Río Jordán con su primo segundo Juan, el hijo que Isabel llevaba en su vientre cuando Maria fue a visitarla. Ahí estará Jesús pidiendo ser bautizado. él, que no tenía pecados. Ambos morirán por su fe: uno decapitado, el otro en la cruz.
Tanto María, como su prima Isabel formaban parte de una familia más amplia de la que ambas crearon con sus esposos. La familia era entonces, y en el presente lo sigue siendo, la base de todas las creencias y la transmisión de los valores religiosos y morales de todos los niños. Como nos dice Timoteo, los abuelos son transmisores de la fe a través de los padres.
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El Papa Francisco también nos recuerda que : “En la casa de Joaquín y Ana, el pequeño Jesús conoció a sus mayores y experimentó la cercanía, la ternura y la sabiduría de sus abuelos”.
Los abuelos son ejemplo de un amor inigualable e irrepetible para quienes tienen la suerte de tenerlos y parafraseo lo que la escritora Cruz Teresa Rosero escribió en el periódico católico Nuestra Voz, de Nueva York hace años: Todos los niños deberían tener “el derecho del amor de los abuelos”. Un derecho incuestionable.








