Una historia de amor intrigante y diferente Una historia de amor intrigante y diferente
Especial para EL LIBERAL
E l matemático y escritor Guillermo Martínez ha apostado fuerte con su última novela: Yo también tuve una novia bisexual (Planeta). Su libro abre un abanico de posibilidades narrativas y plantea superar a través de un tono nuevo, un enigma tan crucial como delicado: ¿cómo contar la relación sexual de otra manera? Sin caer en lo cliché -léase el registro sórdido tan explotado por el realismo sucio a la manera de Charles Bukowski o Henry Miller-, Martínez articula con una prosa depurada y sobria, la historia fugaz pero muy intensa de un profesor de Literatura de una universidad en el sur de los Estados Unidos que se enamora de una de sus alumnas: la joven Jennifer Johnstone, en los días previos al atentado de las Torres Gemelas, en septiembre de 2001. Los riesgos proliferan mientras los capítulos (encuentros amatorios) avanzan hacia un desenlace intenso e inesperado.
Yo también tuve una novia bisexual, plantea con un lenguaje pleno de matices -desde su título sugestivo hasta el registro “al ras de la piel” en que se comunican sus protagonistas, siempre verosímiles en su carnalidad e ironía- el escalamiento de lo sexual como línea de intriga. Hay una notable eficacia al ensamblar esa idea a la trama del libro, cómo ésta se consolida a medida que avanza la historia en función de la inminencia del suspenso (su ocultamiento y disimulo). A la cuestión erótica se puede añadir la pérdida de la memoria y los conflictos de intereses subyacentes. Asimismo, Martínez presenta una singular idea sobre la crítica literaria bajo el nombre de “Teoría de los refinamientos dicotómicos”, inspirada en las reflexiones de Wittgenstein sobre el lenguaje.
-¿Cómo y cuándo surgió la novela?
-Como casi todas mis novelas, surgió a partir de una idea para un cuento, empecé a escribirla como el último cuento que cerraría un libro de relatos sobre sexo y muerte que escribo de a poco, y que tiene como título provisorio Los reinos de la posición horizontal. Lo mismo me había pasado antes con La muerte lenta de Luciana B. Hay historias que a medida que uno las escribe revelan otras potencialidades, además del núcleo inicial de ideas. En el caso de Yo también tuve una novia bisexual la primera idea, el germen inicial, era contar una relación fugaz pero muy intensa, que termina por tocar profundamente a los dos protagonistas. Quería, además, contar algo de lo que Calvino llama el “mundo no escrito”, en este caso en torno al sexo. Hasta el siglo XIX, el sexo era el gran tabú de la literatura, y aún en libros considerados “libertinos”, como Historia de mi vida, de Casanova, la aproximación al sexo es por antesalas, prolegómenos, elipsis. En el siglo XX en cambio hay algo así como una superexplotación del tema, que lo “encierra” en otros clichés: el sexo tal como aparece en el realismo sucio, el sexo asociado a cierto cinismo o sordidez, el sexo en sus variantes violentas o sádicas. O bien, la otra variante, lo que yo llamo la sublimación lírico-filosófica: el sexo embellecido por metáforas, por cierta retórica demasiado literaria. Yo quería contar una historia que siguiera el escalonamiento de lo sexual en una relación con naturalidad, con la misma atención y detenimiento con que el narrador observa todas las demás cosas de ese mundo nuevo del campus al que llega. Creo que es difícil encontrar ejemplos en la literatura donde el foco sea la progresión de una relación sexual, porque escribir sobre sexo, sobre el hecho en sí, de manera sostenida, es difícil e incómodo, y puede llevar muy pronto a ciertas repeticiones mecánicas de “figuras”.
-Y allí el desafío.
-Exacto, en mi novela, cada escena debía tener un significado diferente y propio. La segunda idea, más “teórica”, tiene que ver con una de las divisiones posibles de los relatos. Hay en la literatura por un lado la construcción de grandes frescos históricos-políticos, la recreación de tal o cual momento histórico concreto. En el otro extremo, tenemos los relatos de relaciones íntimas, de mundos privados, secretos, relativamente autónomos, ajenos en principio a ese ruido de lo histórico. Yo quería que esta historia secreta fuera tocada en algún momento por esa gran conmoción que fue el 11 de septiembre. Poner el efecto mayor y estentóreo de lo histórico al servicio del efecto “menor”: mostrar las consecuencias en una historia privada de ese roce indirecto y funesto. A partir de este primer par de términos opuestos (lo privado versus lo político) se me ocurrió introducir también la pequeña teoría crítica que aparece más adelante, como apuntes mentales del narrador para una conferencia.
-éste es su noveno libro y uno de los más atípicos de su producción.
-Algunos de los lectores creen que es un libro drásticamente diferente de mi obra anterior. Esto es cierto, y es algo que me propuse, pero a la vez, yo veo varias líneas de continuidad: en el trabajo del lenguaje hay algunas semejanzas con obras anteriores: los diálogos que no están separados por guiones sino “recordados” como una alternancia de voces (la misma técnica que usé en La muerte lenta de Luciana B.), la necesidad de traducir del inglés y el mundo del campus universitario, como en Crímenes imperceptibles. En cuanto al tema, el relato erótico ya lo había intentado en Infierno grande y en varios otros cuentos que publiqué en estos años, en algunas escenas bastante explícitas de mi segunda novela La mujer del maestro, y también en los primeros capítulos de La muerte lenta de Luciana B. La novedad es que en esta novela el tema sexual es la nota dominante, el sexo aparece como un prisma de varias dimensiones, y el escalamiento de lo sexual es una de las líneas de intriga. Una diferencia importante, creo, es que no hay en esta novela una relación de admiración-superioridad entre los personajes masculinos, como sucedía con diferentes avatares en libros míos anteriores. También trato lo político de un modo más preciso y fechado que en novelas anteriores, donde prefería cierta atemporalidad.
Continúa en la página 29








