Por Belén Cianferoni.
Crónica del remisero enamorado Crónica del remisero enamorado
Estimados lectores, tiempos convulsionados, lo sé. Los entiendo, pero tenemos que parar un poquito. Creo que nos estamos yendo un poco más allá de lo debido. Estamos "razonando" fuera de tarro.
Estoy volviendo a terminar una carrera que amo, y me está asustando. Me faltan solo nueve materias, pero tengo miedo: de ser mayor ya, de no tener la energía o la chispa suficiente para recordar conceptos complejos. Así que decidí comprometerme con ustedes: ir contándoles mis fracasos y también, si hay suerte, mis pequeñas victorias.
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La memoria viene siendo un problema. Corre más rápido de lo que quisiera y no puedo atraparla. Los conceptos van para allá y yo me quedo aquí, tiesa, sin poder alcanzarlos. Es como atrapar mariposas de gelatina con una red: todo se escurre.
Por suerte pude hablar de este problema con personas que más saben de todo. Obviamente, con remiseros.
¿Quién más, sino?
El otro día me quedé charlando, como siempre, con un tachero. De lo más agradable el don. Tenía la espina del amor atravesada en la garganta. Jamás vi a una persona tan enamorada de una mujer.
"Trabajo muchas horas", me decía con cierta resignación, "y no puedo estar con el amor de mi vida".
Lo miraba, simplemente, triste por esa ausencia. Miraba a este pequeño Ulises circulando por su ítaca del Estero, esperando poder llegar a las manos de su Penélope. Penélope es emprendedora, me contaba; hace uñas mientras él trabaja, y juntos están construyendo un hogar. Tienen un perrito divino que lo espera todas las noches. Le pregunté, de casualidad, si se llamaba
Argos. Me dijo que se llamaba Cachi.
Me decepcioné un poco hasta que vi la foto: sí, tiene cara de Cachi.
Penélope es maravillosa. sabe tejer, es muy buena con las manos y, según él, sigue siendo bella a pesar de los años.
Desde esta crónica les mando muchos augurios y una vida larga juntos.
"Manejo un auto, pero a mí me maneja el amor", me decía el Ulises santiagueño en su odisea de llegar a fin de mes. "Podría manejar tractores, limpiar calles o cortar carne lo que sea, con tal de volver con ella todas las noches. La verdad no me importa, porque sé que lo que quiero es estar con ella".
La verdad, quedé sorprendida por su entrega y su honestidad. Le comenté que mi memoria ya no es tan buena, pero que yo sí amo mi profesión.
Este Ulises, mientras esperaba que el semáforo dejara de reírse de mis inconvenientes, escuchó toda mi lloradera: que soy grande para recordar de nuevo, que la memoria, que los conceptos, que los pluscuamperfectos.
Entonces me miró por el espejo, con una seriedad que no combinaba con el mate lavado que llevaba al lado, y me
dijo:
Decime algo
¿qué es lo que más miedo te da olvidar?
¿los conceptos o lo que significan para vos?
Y ahí me quedé callada.
Porque una cosa es olvidar una definición, una fecha, una fórmula. Y otra muy distinta es olvidar por qué elegiste ese camino en primer lugar.
Capaz que la memoria no se me está yendo. Capaz que se está acomodando. Está dejando lo accesorio para hacer lugar a lo importante.
Porque yo no recuerdo cada clase que di, pero recuerdo la cara de mis alumnos cuando algo les hace clic. No recuerdo cada teoría, pero sí recuerdo por qué me quedé.
Y eso, querido Ulises del volante, no se estudia. Eso se habita.
Así que acá estoy: con nueve materias por delante y una memoria caprichosa. Pero también con algo que no se me escapa entre los dedos.
Las ganas.
Y si las ganas se quedan capaz que, después de todo, el camino de vuelta a casa sigue estando. Me toca ser Ulises y dejar de esperar Penélope. ir a navegar en mi cuenta y dejar de esperar. solo Dios sabe toda la sabiduría que habita detrás de cada volante.








