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Mujeres pastoras en los bañados santiagueños

Imelda Orellano y Dalma Gallo cuentan cómo es criar ovejas y cabras en medio de una naturaleza adversa. Detrás de cada animal hay un esfuerzo que va de generación en generación.

26/04/2026 00:49 Viceversa
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En los bañados y esteros de Santiago del Estero, donde el agua marca el ritmo de la vida, hay historias que no suelen contarse. No aparecen en redes sociales ni en grandes titulares. Son vidas de perfil bajo, de trabajo silencioso, de resistencia diaria.

Allí, entre traslados forzados, animales y barro, mujeres como Imelda Orellano y Dalma Noelia Gallo sostienen una forma de vida que se transmite de generación en generación.

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Una herencia que no se abandona

"En julio cumpliré 60 años. Mi madre se dedicó toda su vida a la cría de ovejas, así que yo desde muy pequeña ya andaba detrás de ella en los puestos", cuenta Imelda, desde el campo Las Abras, donde hoy resiste tras haber sido nuevamente desplazada por el agua.

Su historia es la continuidad de una tradición familiar, de crecer, aprender y seguir. "Desde que yo era chica ya se inundaba. A veces pasaban dos o tres años sin que el río desbordara, pero siempre volvía. Es algo con lo que vivimos", explica.

Hoy, casi seis décadas después, nada cambió ya que sigue cuidando animales, como lo hizo su madre.

Dalma Gallo, de 35 años, también heredó ese camino. Madre de tres hijas —una ya migró a Buenos Aires en busca de trabajo, otra terminó el secundario y la menor aún estudia—, sostiene la producción familiar con 40 ovejas y 150 cabras como pudo hacerlo siempre. "Soy productora desde niña, es una actividad que viene de mis padres", dice.

Su rutina no entiende de excusas: "Me levanto, tomo mate y ya arranco. Llueva, haga frío o lo que sea. Es todos los días así".

Cuando el agua lo cambia todo

En ese territorio, la naturaleza no es un contexto: es una condición que define la vida.

Las inundaciones son el golpe más duro. Obligan a dejarlo todo y empezar de nuevo.

Imelda tuvo que irse de su casa, en el paraje Fuerte Esperanza, y trasladarse más de 20 kilómetros. "Ahora estamos en Las Abras, en un lugar más alto, pero no es nuestra casa", cuenta. 

Hoy vive en un puesto precario: "De estar en la casa pasamos a un puesto de cuatro chapas, envuelto con nylon. Y ahora ya se vienen las heladas, que es otro problema más", relata.

Las pérdidas son inevitables. "Con el temporal murieron casi 30 ovejas", lamenta.

Dalma atraviesa una situación similar. Desde hace unos 12 años está asentada en zonas más altas, entre Nueva Lena (Salavina) y Lote 20 (Aguirre), porque su padre ya no puede regresar a los bajos.

"El agua te cambia todo. Falta comida en el alto, falta espacio. Se vienen las vacas, los animales grandes, y te pisan todo. No tenemos campo para los animales chicos", explica.

El trabajo que no se ve

Detrás de cada oveja o cabra hay un esfuerzo que pocas veces se dimensiona.

"Un día como hoy, que llueve todo el día, no se puede ni prender fuego para cocinar. Y los mosquitos son un desastre", relata Imelda, graficando una escena cotidiana.

El trabajo es constante y familiar. En su caso, lo comparte con su marido y sus hijos. "Sacábamos 300 ovejas de la casa, pero ahora con el temporal quedaron menos", cuenta.

Dalma también sostiene su producción con lo que tiene: "Ahora estoy con 40 ovejas y 150 cabras".

En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿qué las hace seguir?. La respuesta, en ambos casos, no está en lo material.

"Me crié en esto, me gusta, amo mis animales. Voy a seguir así mientras Dios me preste la vida", afirma Imelda.

Dalma encuentra su motor en su familia: "Me dan fuerza mis hijas, el futuro que quiero para ellas, mis viejitos. Y también mis animalitos, porque de eso vivimos".

Un trabajo poco valorado

A pesar del esfuerzo, ambas coinciden en que el trabajo no es reconocido como debería.

"No, no es valorado", dice Imelda. Cuenta que la lana ya casi no tiene salida y que los precios son cada vez más bajos. "Te pagan 200 pesos el kilo o directamente no la compran".

Dalma menciona que tienen otra dificultad a la hora de la comercialización . "A veces ni vender podemos. Entran pocos compradores, y cuando vienen es para pagar muy poco".

"Para criar un cordero se sufre mucho. Y cuando vienen a comprar te dicen que es caro. Pero cuando nosotros vamos al negocio, el precio lo pone el dueño y hay que pagar igual", resume Imelda.

En ese entramado, el rol de la mujer es central, aunque muchas veces invisible.

Imelda trabaja junto a su marido y sus hijos. Tiene seis: algunos eligieron otros caminos, pero otros siguen con la tradición. "Es una forma de vida", dice.

Dalma, en cambio, pone el foco en el acompañamiento de la comunidad: "Con los vecinos somos como una gran familia. Y entre mujeres nos apoyamos, nos damos ánimo cuando estamos cansadas".

Un mensaje desde el interior

Desde ese interior profundo, lejos de todo, sus palabras tienen una potencia particular.

"A la gente de la ciudad le diría que también la luchen", expresa Dalma. Pero también hay un reclamo claro: "Nos gustaría llegar a su mesa con dignidad, a un precio justo, sin tantos intermediarios".

Imelda, por su parte, deja una imagen que resume su realidad, el esfuerzo detrás de cada animal, de cada venta, de cada día.

No buscan mostrarse. De hecho, muchas veces prefieren el silencio. Pero en su silencio hay una verdad que merece ser contada, la de mujeres que, frente a la adversidad, eligen quedarse, resistir y seguir adelante.

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