Extracto de un cuento de Manuel Enrique Landsman.
El escriba de cuarzo El escriba de cuarzo
En el año decimoséptimo del reinado de Psamético II, un hombre cuyo nombre los papiros registran de tres maneras incompatibles fue encontrado en los sotános del templo de Ptah, rodeado de cristales de cuarzo dispuestos en una geometría que los sacerdotes identificaron, con desacuerdo unánime, como escritura.
El hombre no estaba muerto ni dormido: estaba leyendo. Esto habría sido ordinario de no ser porque los cristales carecían de marcas visibles, y porque, interrogado más tarde sobre el contenido de aquella lectura, respondió que había comprendido, por fin, que el universo no había sido creado sino recordado que alguna inteligencia anterior al tiempo había extraviado por un momento su memoria, y que ese extravío de una fracción infinitesimal había durado lo que los hombres llamamos eternidad y que los minerales, que no tienen prisa, aún estaban terminando de olvidar. Los sacerdotes lo declararon demente. El jefe de los escribas, hombre más cauteloso, ordenó que se conservaran los cristales y se destruyera el informe.
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El cristal que desencadenó todo era de cuarzo rosado, partido en diagonal con la precisión que solo exhiben las fracturas espontáneas y los crímenes premeditados. Amenhotep llamémoslo así, aunque una de las tres versiones de su nombre sugiere que era extranjero, quizás de las ciudades del norte donde los hombres mezclan sus dioses con indiferencia práctica lo había encontrado en el lecho seco del arroyo que los cartógrafos de la época ignoraban deliberadamente, pues su existencia contradecía dos tratados hidrológicos considerados sagrados. Lo recogió sin propósito particular, como se recogen las cosas que ya nos pertenecían antes de encontrarlas.
Esa noche, al colocarlo sobre la mesa de trabajo junto a los cálamos y las tiras de papiro, notó que el cristal estaba tibio no con el calor residual de una mano, sino con el calor más antiguo y más quieto de algo que lleva millones de años pensando en lo mismo.
Amenhotep era hombre de ciencia, o lo que en aquel siglo y en aquella ciudad se entendía por tal: desconfiaba de los prodigios y creía en los documentos. Anotó en su diario: "La piedra conserva temperatura anómala. Investigar composición." No anotó que también, en el borde del sueño, había escuchado algo que no era exactamente un sonido más bien la ausencia perfecta de todos los sonidos que aquel cristal había absorbido durante su formación, devuelta ahora en un solo instante silencioso, como quien exhala después de siglos de contener el aliento.
Los documentos que sobreviven fragmentos del diario, una carta dirigida a un colega en Tebas que aparentemente nunca fue enviada, y la transcripción parcial que un sacerdote anónimo realizó antes de que se ordenara la destrucción del expediente permiten reconstruir, con la imprecisión que es el único rigor posible en estos asuntos, lo que ocurrió durante las noches siguientes.
Amenhotep no durmió. No por insomnio ni por ansiedad, sino porque descubrió que sostener el cristal en la oscuridad producía en él un estado que su vocabulario de escriba no tenía palabras para describir, y que intentó circunscribir con una frase que aparece tachada y reescrita cuatro veces en el diario: "como recordar algo que nunca me sucedió a mí." Lo que el cristal le transmitía no eran imágenes ni voces sino algo anterior al lenguaje y posterior a la experiencia una certeza densa, mineral, sin bordes, que se depositaba en él con la paciencia con que el sedimento se deposita en el fondo de un río que no sabe que está construyendo una orilla. Supo, de ese modo que no admite verificación pero tampoco admite duda, que el cuarzo rosado había sido formado hace doscientos millones de años en una presión y una temperatura que habrían aniquilado cualquier cosa capaz de sufrir, y que durante todo ese tiempo había estado atendiendo: registrando la luz, los temblores de la tierra, el peso del agua, la primera aparición torpe de algo que tardaría otros ciento noventa millones de años en aprender a llamarse vida.
Cada uno de esos registros estaba intacto. El cristal no olvidaba porque no tenía para qué: el olvido, comprendió Amenhotep esa noche mientras Menfis dormía sobre él con todo su peso de ciudad antigua, es un lujo exclusivo de las criaturas que temen lo que recuerdan.
Intentó escribir. Era lo único que sabía hacer con la misma certeza con que el cristal sabía recordar, y le pareció justo casi elegante enfrentar un instrumento con otro. Desplegó el papiro más fino que tenía, preparó la tinta con una concentración que era en realidad una forma de rezar, y esperó a que las palabras llegaran con el orden que siempre habían tenido.
No llegaron con orden. Llegaron como llegan las cosas que son demasiado grandes para una sola dirección: simultáneamente, desde todos los ángulos, sin principio discernible ni jerarquía posible, como si el cristal no entendiera la distinción humana entre lo importante y lo accesorio, entre el centro y el margen, entre lo que se dice primero y lo que se reserva para el final. Amenhotep escribió durante horas. Llenó tres tiras de papiro con una caligrafía que sus colegas habrían reconocido como suya la inclinación característica de la segunda letra, la forma algo descuidada con que siempre había trazado el signo del agua pero cuyo contenido, releído a la luz del amanecer, resultó ser completamente ininteligible. No porque estuviera cifrado ni porque hubiera perdido el juicio, sino porque había escrito en egipcio medio pensamientos que el egipcio medio no había sido construido para contener, del mismo modo en que una vasija de barro puede transportar agua pero no puede transportar el río. Las palabras estaban bien formadas. Las oraciones eran gramaticalmente irreprochables. El sentido, sin embargo, se había evaporado en el trayecto de la mente a la mano, y lo que quedaba en el papiro era la cáscara perfecta de una comprensión que ya no estaba dentro. Dejó el cálamo. Miró el cristal. El cristal, que no usaba palabras y por lo tanto nunca las perdía, seguía tibio en la palma de su mano, paciente, lleno, completamente indiferente al problema que acababa de demostrar.
Pasaron siete noches. La carta a Tebas la que nunca fue enviada fue escrita durante la cuarta y contiene el único pasaje en que Amenhotep abandona la austeridad del informe y escribe, brevemente, como un hombre que tiene miedo. "Querido Kha-em-waset", dice, "te escribo sobre algo que no debería escribirse, lo cual convierte esta carta en su propia contradicción. El cristal me ha mostrado esta noche el momento exacto en que el universo tomó conciencia de sí mismo. No fue un instante glorioso. Fue más parecido al momento en que un hombre dormido se da vuelta en la oscuridad y por una fracción de segundo, antes de volver al sueño, sabe que existe y ese saber no le produce alegría ni terror sino solo el peso neutro e inmenso de ser. El universo hizo eso. Una sola vez. Y desde entonces todo lo que llamamos creación no es más que ese peso recomodándose, buscando una postura que nunca termina de ser cómoda." La carta continúa durante dos páginas más con observaciones sobre un encargo de papiros que Kha-em-waset aparentemente le debía desde hacía meses, los precios en el mercado del norte, y una pregunta sobre la salud de cierto funcionario cuyo nombre está deteriorado en el original.
Los estudiosos que encontraron el documento en el siglo tercero antes de la era común discutieron largamente si la brusquedad del cambio de tema indicaba que Amenhotep habia recobrado la compostura, que había decidido proteger a su amigo del peso de lo que sabía, o simplemente que era, como todos los hombres que piensan demasiado, incapaz de sostener la enormidad por más de un párrafo seguido antes de que la vida ordinaria reclamara su cuota de atención. La última hipótesis, anotó uno de ellos al margen con una caligrafía que delataba cierto cansancio, era con mucho la más probable, y también la más borgiana de las tres, aunque ese adjetivo no existiría por otros dos mil años.
Fue durante la séptima noche cuando Amenhotep cometió el acto que los sacerdotes interpretarían como locura y que él, de haber podido explicarlo, habría descrito como la única conclusión lógica disponible. Tomó el cristal rosado, lo colocó en el centro del suelo de piedra, y permaneció largo tiempo mirándolo con la atención total y sin objeto que se reserva para las cosas que ya no necesitan ser entendidas sino solo acompañadas. (...)
Influencias borgeanas en "La arena que recuerda" de Enrique Landsman
Por A. B. Domínguez
Landsman nos sorprende con su primera ficción literaria, "La arena que recuerda. Cinco variaciones sobre la memoria mineral", (2026).
La obra se compone de 5 capítulos, que pueden abordarse como cuentos separados, aunque están unidos por el hilo invisible de la trama, aparentemente sencilla.
A medida que pasan las páginas surge el deleite del perfume borgeano. Landsman propone la posibilidad de atrapar el pensamiento infinito, el conocimiento ilimitado que está recogido en enigmáticos cristales de cuarzo. Esos minerales que no saben que recuerdan, pero son el reservorio de la infinitud. De lo que fue y lo que será. Incluso hasta nuestros días y más allá.
Luego de estudiar los cristales, el escriba Amenhotep, hombre de ciencia dice: "He olvidado el egipcio. Recuerdo todo lo demás". Aunque ningún sacerdote supo interpretar esta distinción.
El fenómeno de la comunicación se hace presente de forma misteriosa.
Los cristales hablan el idioma del silencio total, pero accesible aunque de manera esotérica a los siete escribas que meditan cerca de ellos, sosteniéndolos en la mano, sintiendo su particular tibieza.
En cierta forma, adivino como fuente de inspiración "El libro de la arena" y "La Biblioteca de Babel" de Jorge Luis Borges, ya que explora temas recurrentes de su obra, como la naturaleza del infinito y del tiempo, la relación entre el hombre y el conocimiento, la posibilidad de encapsularlo en un objeto y por ende la obsesión que produce.
Es interesante la manera en que Landsman propone simbolismos ocultos a las diferentes capas de interpretación que ofrece esta obra, que la convierten en una lectura que logra transmitir una experiencia profundamente inquietante y, a la vez, maravillosa.
En esta página EL LIBERAL comparte un extracto del primer capítulo de la obra.
El libro está disponible en autoreseditores.com.








