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Tomasa Santillán Palacio

- 13:57 Opinión

Por María Mercedes Tenti

A comienzos del siglo XX Santiago del Estero sólo contaba con un hospital, el Hospital de Caridad o Mixto, construido por Absalón Rojas sobre calle Sáenz Peña, luego de las epidemias de cólera y fiebre amarilla de fines del siglo XIX. Así como había pocos médicos, quienes actuaban como enfermeras generalmente eran parientes (esposas, hermanas) de médicos a quienes ayudaban en sus consultorios particulares y en el hospital. También colaboraban las mujeres pertenecientes a la Asociación de Señoras de San Vicente de Paul, quienes lo hacían de forma voluntaria y como un acto caritativo.

            En 1916 el gobernador médico higienista, Dr. Antenor Álvarez, inauguró el Hospital General de Santiago del Estero, llamado luego Independencia, un tipo de construcción pabellonaria, rodeada de amplios jardines. La precariedad sanitaria de la provincia vio una luz de esperanza con la creación de la filial Santiago del Estero de la Cruz Roja Argentina, en 1920, cuya comisión directiva estuvo presidida por el Dr. Estergidio de la Vega, vicepresidente, Antenor Álvarez. Al renunciar el presidente pocos meses después por trasladarse a Buenos Aires, le sucedió Álvarez quien se desempeñó como tal hasta su muerte. En 1922 abrió sus puertas la Escuela  de Enfermería y en 1930 la Escuela de Samaritanas, según los planes de la Cruz Roja Argentina. La primera tenía una duración de dos años y la segunda, un curso intensivo de un año.

Ambas carreras enseñaban nociones sobre enfermedades infecciosas, oftalmología, especialmente por la campaña iniciada contra el tracoma, higiene hogareña y personal, puericultura, nutrición, alimentación y las estudiantes practicaban junto a los profesionales médicos como ayudantes en atención a los enfermos en los hospitales de la ciudad.

La apertura de un espacio socio ocupacional vinculado a lo sanitario había interesado a las mujeres santiagueñas, alguna de las cuales eran maestras o por su parentesco estaban vinculados a la reducida élite médica, con la posibilidad de una salida laboral y de la profesionalización de la enfermería. La escuela de enfermeras de la Cruz Roja estaba bajo la dirección de una Comisión de Damas designada por la Junta Directiva local, integrada por: Carolina Echegaray Frías de Helman, Sara Santillán de Solari, Teodomira Segura de Rizo Patrón y Angélica Rojas de Álvarez. La escuela se inauguró el 12 de agosto de 1922, con la inscripción de 25 alumnas de las cuales egresaron 16. El cuerpo docente estaba integrado por los médicos José Ruiz, José Luna, Juan Carlos Tassart, Arturo Schneiderwin, Rafael Argañaraz, Carlos Bruchman, Francisco Poupard y Carlos Argañaraz, que desempeñaban sus cargos gratuitamente.

Las clases teóricas se dictaban en la biblioteca Sarmiento y en el Colegio Nacional y en los hospitales de Caridad, Independencia y sanatorio Rawson la enseñanza práctica. Se aspiraba a que las egresadas lo hicieran con la ilustración científica suficiente para responder a las exigencias de la higiene, la medicina y la asistencia social moderna.

Descripción no disponible.

La primera egresada, Tomasa Santillán Palacio, “Tomasita” como la llamaban sus íntimos o “la Niña Tomi” sus protegidos, vivió una niñez y una juventud feliz en el seno de launa familia acomodada. Era hija de Gregorio Santillán, quien fue gobernador de la provincia en 1875 y de Delia Palacio. Nació en nuestra ciudad el 8 de mayo de 1909. Tomasita fue la primera alumna en inscribirse y la primera egresada de la escuela con el título de enfermera, a los 31 años, según consta en el registro general de enfermeras de la Cruz Roja Argentina del año 1923. Se dedicó con entusiasmo a su profesión, siempre poseída por el hermoso ideal que constituía la razón de su vida: aliviar el sufrimiento y consolar al afligido. Así se impuso una tarea laboriosa y cada mañana se la veía recorrer las salas de los Hospitales Mixto e Independencia, vistiendo con dignidad y orgullo el uniforme blanco y luciendo sobre su pecho el signo rojo de la Cruz, expresión de amor y sacrificio, pero también de profesionalismo, compartiendo con los médicos en las salas de clínica y cirugía, con la solvencia que le daba la preocupación, la observación y el estudio, además de su perseverancia.

            Supo conquistar el reconocimiento sincero y cariño de médicos y enfermeros y supo interpretar y cumplir sin jactancias los postulados de la Cruz Roja, en cuyo escudo social, las manos cruzadas nos exhortan a la obra común y recíproca de la fraternidad, sobre fondo azul y blanco que sintetiza la bandera Argentina, que ha sido y será emblema de hospitalidad y concordia.      

            Cuando dejaba el hospital, se encontraba en otro apasionado quehacer: el de las instituciones religiosas, especialmente el taller de las “Vicentinas”. Allí, con otras mujeres, se dedicaba a confeccionar ropas para los pobres; o en la “Tercera Orden Franciscana”, que tenía escuelas primarias instaladas en la ciudad (sobre Avda. Roca esq. 9 de Julio) y varios lugares del interior, donde extendía su mano generosa.

            Cuando circunstancias especiales la obligaron a alejarse de su ciudad, para radicarse hasta su muerte en Buenos Aires, donde la reclamó el hogar de una sobrina, se consagró a ser la “abuela” de sus sobrinos nietos, sin dejar por ello de seguir con la meta trazada desde su juventud. Allí continúo prodigándose a los enfermos y asistiendo como voluntaria al hospital Durán. Así, los internos, supieron de sus afanes ya que concurría hasta los días festivos, a fin de atenuar el sufrimiento. De la misma manera que la ciencia médica lucha contra la enfermedad, ella llegaba con el bondadoso gesto, con la palabra cariñosa y cordial que consolaba y mitigaba el dolor. Por las tardes realizaban labores delicadas, las que eran colocadas para su venta en comercios con cuyo producto adquiría ropas y medicamentos para llevar a sus enfermos protegidos. 

            Por ello, el nombre de Tomasa Santillán Palacio permanecerá siempre, tanto en la Escuela de Enfermeras, como en la filial local de la Cruz Roja y una calle de nuestra ciudad que lleva su nombre desde 1990 por pedido de la institución, como el de la mujer cuyo lema fue servir, liberarse de una vida cómoda y abrir una nueva vida en la acción y que, sobre todo, supo comprender el sufrimiento humano e inclinarse sobre él para consolar y prodigar amor.

             La familia Puente, sus sobrinos, tiene en su poder una carta, fechada en 1928 en Santiago del Estero, de una hija de Benigno Montes de Oca quien, en nombre de toda la familia le agradece los servicios prestados como enfermera de su padre hasta su muerte. Y agrega “Desearía encontrar en lo futuro muchas mujeres santiagueñas tan dignas como usted que, con el ejemplo, predica la religión de Cristo y desempeña un papel ejemplar en nuestra sociedad haciendo honor y respondiendo a su origen de familia tronco en la formación social de Santiago del Estero”.

            Tomasa murió en Buenos Aires el 5 de enero de 1975 y en su tumba, en el cementerio de La Recoleta, había una lápida que decía: 

                                   Tomasa Santillán Palacio

                                   Se dio sin saber qué daba

                                   como el agua y el árbol

                                   como la flor y la espiga.

Que resume su accionar por el camino de la profesión que eligió por propia decisión y que, con su accionar, fue dejando semillas que hoy fructifican por doquier.


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